El Papa y sus mentiras

domingo 26 octubre 2008

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Otra locura a la moda

jueves 16 octubre 2008

Hace unos días leía yo una referencia a la película relativamente reciente en que una actriz española había encarnado a Teresa de Jesús, la santa de Ávila, y en ella nos decía el periodista encargado de la crítica que Teresa de Ávila había sido una mujer que al matrimonio y la maternidad había preferido realizarse en la libertad del convento. Y de nuevo me he maravillado. Hogaño se valora más el 'realizarse', sea lo que sea lo que tal palabra signifique, que el traer hijos al mundo. La maternidad está desprestigiada. Al contrario que en la sociedad judía de antaño, hoy las mujeres estériles son bien vistas. Estériles por vocación, por libre elección, se las podría decir. Antes la esterilidad era un baldón; hoy es poco menos que timbre de gloria. Ante todo me apresuro a decir que la vida en sujección hoy y siempre es desagradable. Pero renunciar a la descendencia para no vivir en sujección me parece una victoria pírrica, un flaco consuelo. Lo sensato sería ser madre sin haber sujección. Sujección autoritaria de la esposa al marido, quede claro. Cualquier falta de libertad que se nos imponga es desagradable y penosa. Ahora bien, el detalle está en que se nos venda esa pretendida 'liberación' como un logro, cuando es lavado de cerebro y sustitución de una dependencia por otra. Se dice que allá por los comienzos de la edad media en Bizancio muchos varones se castraban, literalmente, se privaban de las partes, para mejor servir al estado y realizarse en la carrera, como hoy se diría; la disyuntiva era clara, si voluntariamente uno optaba por privarse de los órganos viriles, se le abría automáticamente el camino a los puestos más altos del estado, el generalato, la religión, la administración y un largo etcétera. Tanto era así que algunos de estos eunucos llegaron a ocupar el trono imperial. Con las mujeres de hoy sucede algo parecido, volvemos a aquella edad media, para progresar en la vida, para hacerse un lugar al sol, las mujeres escogen- es un decir, puesto que se trata de condicionamiento- no ser madres y realizarse en el mundo. También hace poco veía un documental en el que cuatro artistas de cine ya bien consagradas y de nacionalidades diversas se sentaban a una mesa y se hacían confidencias; cosa curiosa, en algo ante todo coincidían las cuatro, ninguna de ellas había tenido hijos. Y de nuevo me maravillé, en primer lugar de mí mismo. Las conocía harto, sus películas me habían gustado, puede que incluso las envidiara, envidiara su vida, supuestamente llena de glamur y aventura; pero allí las tenías, no sabías si satisfechas o amargadas, unidas por el lazo de una esterilidad común consentida. Pues bien, esta realizacion en el mundo, este castrarse real o simbólico en aras del progreso social me parece hoy un disparate mayúsculo, locura palmaria. Entiendo por locura el vivir de espaldas a la naturaleza. La llamo locura a sabiendas de que es cosa aceptada y se la tiene por pensamiento normal. Porque hoy a la luz de las necesidades humanas se vive en numerosos aspectos de modo demente, con la curiosa salvedad de que todo el mundo se cree cuerdo, cuerdísimo. ¡La locura convertida en razón! Hay para pasmarse. No quiero alargarme; Mañana seguiré hablando de esto.

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Otro abuso callado

miércoles 01 octubre 2008

De nuevo y a la chita callando, sin que lo parezca, se abusa de nosotros, la gente común. Todas las noches vuelvo en el Vitrasa. Hasta la semana pasada, todo era como de costumbre, no pasaba nada; pero desde ayer lunes algo ha cambiado. El conductor del autobús, que tampoco es el de siempre, pone a nivel molesto la radio gallega. Hoy mismo se hablaba en los diarios de los niveles de ruido en la ciudad. Más allá de 65 dB, una conversación ordinaria, el ruido es molesto. Pues bien, este conductor, ignoro si por gusto propio o por imposición o presión de los aborrecibles nazionalistas gallegos sobre la compañía Vitrasa, pone alta la radio. Y la pone en gallego. Y ahí nos tenéis, a los pasajeros, una audiencia cautiva, condenados, lo queramos o no, a oir a toda pastilla el noticiario gallego. Hasta ayer las emisoras eran mayormente en castellano, unos días más altas, otras más bajas, pura rutina, prácticamente nunca molestas. Sin que por otra parte se vea la necesidad de viajar por fuerza con ese ruido de fondo. Los pasajeros no necesitamos para nada oir la radio mientras viajamos, y el conductor no debe tener nada que lo distraiga. Pero ahora, ruido insufrible en el maldito gallego. Y no hay manera de protegerse y huir, porque ningún asiento queda lejos del maldito altavoz. Padecemos callados un nuevo abuso.

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EL LHC

miércoles 24 septiembre 2008

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OH, EL ARTE

miércoles 02 abril 2008

 

Esta tarde he ido al Conservatorio Profesional. Se daba una audición. Audición de nuevos compositores. INTERMEDIOS Y CANCIONES, se la había titulado. Disfruté de lo lindo. En algunos momentos sentí que un escalofrío de emoción me recorría la espina dorsal. Las voces me conmueven. Las voces musicales. Una voz bien modulada me transporta. En una ocasión oí cantar a una moza que en Madrid forma parte del coro de la Ópera. Quedé alucinado, léase pasmado. Nunca había oído aquella pureza de tono. Con razón en la literatura se dijo de alguien que "su voz era angelical". Si los ángeles cantasen. Y existiesen los ángeles. En resumen, quedé casi ido. Como al parecer se iba a otra dimensión santa Teresa de Jesús. Ya sabéis, aquella que caía en el arrobo. Palabra hoy poco usada, esta de "arrobo", pero en aquellos tiempos de atrás se hablaba de esa guisa. ¡Qué tiempos! En los que aún no se oía a trochemoche los tacos, groserías y desvergüenzas que hoy se oye en la calle, en el cine, en la televisión y aun por doquiera. ¡Ay! El caso es que asistí a la función. Por tercera vez acudía a este lugar a funciones parejas. La semana pasada asistí a una interpretación de guitarra, a cargo de una profesora en Asturias. Tocó bien, qué duda cabe, con aplicación, pero sin sentimiento. Y en estos tres días me llamó la atención el hecho de que invariablemente los actores vestían de negro. ¡Qué raro! -me dije. ¿Será casual o intencionado? Y hoy lo pregunté. Se lo pregunté a uno que había actuado -me gustó oírlo- y que -como no- vestía de negro. ¿Por qué -los que actuáis- vestís de negro? ¿Se trata de algo convenido o es puramente casual? -le espeté a bocajarro después de haberme presentado cortésmente. Y me respondió frío: “No, no es cosa obligada; es personal; quizá sea por dar a entender la pureza de la música, su dignidad”. Y yo me espanté. “¿Qué pinta aquí la dignidad? Oh, desafortunada palabra, fuera de lugar en este sitio. La música es sensualidad, y querer espiritualizarla de este modo, hacerla "objetiva", aséptica, "pura", no contaminada por lo que quiera que sea, es anularla, castrarla, esterilizarla. El tétrico color negro asusta, deprime, ahoga el placer. Mejor vistierais todos de vivos colores, sumando así la alegría de vivir que ellos transmiten al placer de las voces, al placer del sonido. En este caso –proseguí- no conviene halagar por turno, de uno en uno, los sentidos, sino todos a una, la vista, el oído y puede que el tacto, por no decir el olfato. La música es sensualidad, y la sensualidad no será dividida. Al contrario, los colores realzarían el arte”. Llegado aquí tomé un respiro para darle ocasión a que me respondiera, y aprovechando la ocasión me retrucó desdeñoso: “Es una opinión; cada cual piensa lo que más le acomoda”. Y yo me dije: “infeliz de ti, si pretendes ser artista y no lo sientes como lo siento yo”. Lo más probable es que el arte no le importase un pimiento y que viese como una manera de ganarse el pan, de seguir una carrera como cualquier otra, esto que hacía. Sin embargo no es lo mismo ser un músico –lo que yo entiendo por tal- que ser un ingeniero o un físico. Los ingenieros y los físicos –pongo por caso- no son nada soñadores, antes al contrario, tienen los pies en el suelo, se complacen en llamarse reduccionistas, entendiendo por reduccionismo lo más alejado de cualquier sentimiento, lo más matemático y analítico. Pero la música, en general el arte, no es analítica, sino sintética. Se cuenta de Mozart que no concebía parte tras parte sus composiciones, sino que de un golpe le venía a la mente la totalidad. Primero en su íntimo sentía completa la obra de que se tratase y sólo después, sección por sección, elemento tras elemento, la trasladaba al papel o al piano, Nada de análisis, todo síntesis. Y tras estas desencantadas reflexiones, me marché.

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