Pensamientos

12 de febrero de 2019, el bien y el mal.

lunes 18 febrero 2019

 Sigo hablando de la película The Reader. El protagonista estudia Derecho y un día el profesor cita el libro de Karl Jaspers El Problema de la Culpa Alemana y les dice lo siguiente: “se nos ha llevado a creer que las sociedades se rigen por lo que llaman moralidad, pero no es así, se rigen por lo que llamamos ley. Nadie es culpable de haber trabajado en Auschwitz. Trabajaron allí más de 8000 personas y de ellas se ha condenado a 19 y solo 6 por asesinato. Según la ley, para que algo sea considerado asesinato, hay que demostrar que hubo intención. La cuestión nunca puede ser ¿está esto mal? sino ¿ha sido legal? y no en cuanto a las leyes actuales, sino a las de entonces.” El error pues está en condenar desde el punto de vista moral a alguien que cometió un acto inmoral obligado por las leyes. Los verdugos de Auschwitz no tenían la menor oportunidad de mostrar repugnancia moral ante los actos que se les obligaba a cometer. El idealista lo niega, insiste en que todos somos libres de elegir hacer esto o lo otro, apela a nuestra responsabilidad personal y sostiene que lo que finalmente hagamos es nuestra elección. En no sé qué película o documental se decía que un soldado tiene el derecho a negarse a cumplir una orden que él juzgue inmoral, se afirmaba que la ley les reconoce ese derecho. No sé si es verdad, en todo caso me parece dudoso que tal ley exista. Y aun si existiese ¿qué soldado está tan desarrollado humana e intelectualmente como para plantar cara a sus jefes alegando repugnancia moral? Es pedir imposibles. Para empezar, a todos ellos se los convence previamente de que lo que hacen es lo que hay que hacer; no se les enseña el bien y el mal desde un punto de vista moral, sino solo a obedecer a sus jefes y delegar en ellos cualquier responsabilidad. Idealmente los verdugos de Auschwitz podrían haberse negado a formar parte de las SS hitlerianas, pero para ello hubiesen debido saber a qué se comprometían una vez dentro de la organización, saber qué crímenes iban a cometer y tener claras las ideas acerca de lo que querían hacer o no hacer, lo cual es de nuevo prácticamente imposible.  No podían hacer otra cosa que lo que hicieron; que hubiesen sido educados en los valores cristianos y que sintiesen remordimientos es otra cosa; de seguro allá en el fondo de sí mismos una voz les decía que aquello no estaba bien, pero no podían oponerse, nadie era libre de escoger su conducta, eran todos unos ‘mandados’. Pedirles otra cosa, juzgarlos y condenarlos es a todas luces injusto. Y yo sospecho en estos casos que se culpa a los individuos para no culpar a quienes los dirigen, para no culpar a los jefes; para no culpar a las instituciones en que el individuo vive.






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