Pensamientos

14 de octubre de 2018, el origen de la crueldad.

domingo 14 octubre 2018

Terminé la entrada anterior preguntándome acerca del origen de la crueldad y anteayer dije que todos padecemos un déficit de amor en la infancia; hoy insisto en lo mismo. Acabo de volver de la compra y me he cruzado con una niña de unos 6 o 7 años que hacía equilibrios sobre una pierna y decía a su madre que a su lado consultaba su móvil: mamá, mírame. Y me vino a la mente lo que acabo de escribir. Durante casi toda la vida todos nosotros seguimos siendo niños que pedimos la aprobación y el aplauso de nuestros padres. La seguimos pidiendo cuando ya no es edad para hacerlo porque cuando la necesitábamos la tuvimos escasa, en todo caso menos de lo que hubiéramos querido y necesitado. Incluso de adultos seguimos haciendo un montón de cosas innecesarias por no decir perjudiciales, para nosotros mismos y los demás, porque buscamos la aprobación de quienes nos rodean. Buscar la aprobación, buscar el amor. Igualmente, cuando niños, hacíamos aquello que más complacía a nuestros padres, aquello que provocaba su aplauso y aprobación. Éramos niños, dependíamos de ellos, de su buena voluntad, para alimentarnos y darnos cobijo, no podíamos hacer otra cosa, no hubiésemos sabido hacerla aunque fuésemos conscientes del juego, de modo que todo fue por decirlo así inevitable. Y aquí entra la historia de Violette Morris. Fue la menor de seis hermanas, lo que significa que probablemente recibió de sus padres menos atención que las otras, sus padres estaban ya de vuelta de muchas cosas, de modo que a ella le costó más ganarse su aprobación. Estoy especulando, lo sé, pero también sé, no me cabe duda, que nuestra vida de adultos refleja fielmente nuestra vida de niños. Cuando adultos, contamos una y otra vez, sin darnos cuenta de ello, contamos a los demás lo que nos ha pasado, escenificamos una y otra vez nuestra vida anterior. Y se nos dice que Violette ya desde muy joven, era lesbiana, fumaba como un carretero, soltaba tacos y blasfemaba, saltaba y corría, se distinguía por sus proezas atléticas. Tengamos en cuenta que era bajita, medía 1m 65, y regordeta, lo que sin duda se prestaba a las burlas de sus camaradas en el colegio. Lo que quiero decir es que su comportamiento reflejaba lo que habían aprobado y aplaudido sus padres primero y lo que había igualmente causado la admiración de sus condiscípulas por no decir sus maestras. Se educó en un convento y dado que es poco probable que las monjas fumasen abiertamente y menos aun que soltasen blasfemias y tacos, todo apunta a que esos rasgos los había aprendido en la familia, en el hogar. Cumplida la cuarentena, se distinguió por torturar a los miembros de la resistencia que caían en sus manos, lo que apunta a que ella misma había sido torturada, porque como ya he dicho, hacemos de mayores lo que aprendimos de niños y como bien se sabe una de las desgracias de la tortura, uno de sus perniciosos efectos es que ‘el torturado aprende a torturar’. En resumen, muchas de las conductas, por no decir todas, que la TV y los medios califican de ‘monstruosas’ no son el resultado de otra cosa que el comportamiento engendrado anteriormente por nuestra ignorancia. Nosotros, los padres, en nuestra gran mayoría, no sabemos criar a nuestros hijos, ignoramos las consecuencias futuras de lo que inconscientemente les hacemos.






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