Pensamientos

15 de octubre de 2019, Teseo o un olvido trágico. (Termina).

lunes 28 octubre 2019

 Para demostrar a sus hermanos que el dios Poseidón lo protegía, Minos le pidió que hiciera salir de las olas un toro blanco que inmediatamente le ofrecería en sacrificio. Poseidón lo complació, pero cuando Minos vio a un animal tan puro, tan hermoso y magnífico, no quiso sacrificarlo. Poseidón, furioso, maldijo a la esposa de Minos, la reina Pasifae. Hizo que se apoderara de ella el frenesí erótico. Pasifae sintió un deseo irresistible por este toro blanco e hizo todo lo posible para unirse a él. De esta monstruosa unión, nacida de la ira de los dioses, nació el toro de Minos, el monstruo llamado Minotauro. Para ocultar el escandaloso adulterio de su esposa, Minos encierra al Minotauro en un laberinto del que el monstruo es a la vez prisionero y dueño. El Minotauro crece alejado de todos, pero hay que alimentarlo bien, y después de haber derrotado a Atenas, Minos exige un tributo anual de carne humana. Teseo, enardecido por sus primeros éxitos, promete liberar a Atenas de este flagelo. Cuando los emisarios de Minos vienen como cada año a reclamar su tributo, Teseo se adelanta y ante la sorpresa general se ofrece voluntario. El rey Egeo trata de disuadirlo, insiste, ruega a su hijo que desista de su proyecto. Teseo no quiere oír nada, irá a luchar contra el Minotauro. Está bien, le dice Egeo, pero tendrás que prometerme una cosa, tu barco partirá con una vela negra, en señal de luto, pero si regresas con vida, izarás una vela blanca; yo subiré a diario al punto más alto de la Acrópolis para otear tu regreso. Teseo, atento solo a sus planes, embargado por la emoción y embriagado por una gloria que ya cree suya, promete todo lo que se le pide. Llegado a Creta, se lo lleva ante Minos y con sus compañeros atenienses desfila ante el rey y su corte. Ariadna, la hija de Minos, lo ve e inmediatamente se enamora de él. Es amor a primera vista. Ariadne, la hermosa hija del rey, ruega a su padre que perdone al gallardo joven. Minos se niega, el ateniense es ante todo un enemigo. También Teseo se ha enamorado de Ariadna. No quiere renunciar a sus planes y se los cuenta a la joven. Entrará en el laberinto y luchará con el Minotauro, está seguro de vencerlo. Ariadna no lo pone en duda, pero le advierte que va de cabeza a meterse en una trampa, pues se ha olvidado de una cosa, un pequeño detalle, entrar en el laberinto es fácil, pero salir de él es otra cosa. El Laberinto supera en ingenio a todo lo que uno puede imaginar. Lo diseñó el mejor arquitecto que haya habido, Dédalo. Dédalo ha ocultado todos los puntos de referencia, se llega siempre a callejones sin salida, los recodos son innumerables y los pasillos, estrechos, cada dirección es engañosa, cada salida una ilusión. El Laberinto es una trampa absoluta de la que nunca nadie ha salido vivo. Teseo se descorazona, ve fracasado su proyecto, ni por un momento había pensado en ello, cómo salir del Laberinto, sólo un hombre lo sabe, es Dédalo. Ariadna se dirige a él y le ruega le confíe el secreto. Enternecido por el amor de la joven princesa por Teseo, Dédalo le revela que sólo de una manera se sale del Laberinto, a saber, señalando la ruta. Ofrece a Ariadna un ovillo de lana que tendrá que sostener a la entrada. Teseo lo desenrollará a medida que avanza y después de encontrar y matar al Minotauro, si lo consigue, sólo tendrá que enrollarlo de nuevo para hallar la salida. Ariadna se lo ofrece a Teseo a cambio de una promesa, que la lleve consigo cuando todo termine. Porque ayudando a Teseo traicionará no sólo a su padre, sino también a su patria. Teseo promete y entra en el Laberinto. Vaga por un tiempo que le parece interminable. De repente siente el aliento poderoso del Minotauro, lo ve cara a cara, lucha con él y al final el monstruo se desploma vencido. Teseo rebobina el precioso hilo de Ariadna. Ya está fuera. Inmediatamente libera a sus compañeros y huye con la joven. Pero una nueva amenaza se cierne sobre ellos. Teseo, hijo de Poseidón, acaba de matar al Minotauro, una de sus criaturas, y a un dios como Poseidón no se lo ofende con impunidad. Llegados a la isla de Naxos, Ariadna salta a tierra. Justo en ese momento, Poseidón desencadena una furiosa tormenta. Teseo debe actuar y rápido. O huye inmediatamente o salta a tierra para buscar a Ariadna con el riesgo de ver su barco estrellado contra las rocas. Atenea interviene. Implacable, la diosa protectora de los atenienses ordena a Teseo zarpar de inmediato para evitar el naufragio y abandonar a Ariadna a su suerte, su destino está en otra parte. Así Teseo deja a Ariadna, obedeciendo a Atenea, diosa de la guerra pero también de la razón y de la sabiduría, Teseo no cumple lo que prometió, por razón de estado, podría haber dicho Atenea. Vuelve a su patria como rey dejando en la isla de Naxos a la hija de Minos que, por él, había traicionado a su padre y a su gente. Abandonada por Teseo, Ariadna será pronto consolada por el dios Dionisio. Atenea lo ha visto todo. Mientras tanto, en Atenas, el viejo rey Egeo sube todos los días a lo alto de la acrópolis para ver el mar, todos los días otea el horizonte con la esperanza de ver el barco que traerá de vuelta a su hijo, pero, nada, el mar está desierto. Y entonces, un buen día, Egeo lo ve venir, espera a que el barco se acerque para distinguir sus velas, reconoce bien la nave de su hijo, pero en la parte superior del gran mástil flota una vela negra, Teseo está muerto. Loco de dolor, Egeo se arroja al mar, el mar que hoy lleva su nombre, el mar Egeo. Sin embargo, Teseo está vivo; con la alegría de volver a su patria olvidó su promesa, no izó la vela blanca. Cuando llega a Atenas con sus compañeros, Teseo descubre una ciudad donde la alegría se mezcla con la tristeza. Atenas se ha salvado del terrible peligro del Minotauro, pero el rey legítimo, Egeo, ha muerto. Detengámonos en esta imagen del héroe que ha regresado victorioso de su empresa y se ha convertido en rey. Teseo ha vencido, por supuesto, pero a qué precio. Teseo representa al hombre despreocupado y fuerte que usa sólo su fuerza, no su mente, él es el que olvida. Lo que llama la atención en su vida es que todo lo que logra tiene una terrible contrapartida. En el mundo griego, la grandeza va siempre unida a una serie de excesos que siempre recaen sobre el héroe y a menudo sobre sus parientes y su comunidad. Entonces ¿es él responsable? Sí, probablemente. Teseo lo sabe, es necesario vivir estas experiencias para entender finalmente que la fuerza y la astucia no bastan. Cuando comprendió su error, Teseo, ya rey, reunió a las ciudades, estableció en ellas la justicia y la paz y puso el poder en manos del pueblo fundando así un nuevo régimen llamado democracia, y luego se retiró a un lugar que sólo él conocía. Sin duda había entendido por fin en qué precipicio hace caer el olvido a aquellos que no están atentos.






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