Pensamientos

17 de octubre de 2018, Silvana Manganó.

sábado 03 noviembre 2018

 En mi ya lejana juventud yo me enamoraba de las artistas de cine. Las iba a ver en la pantalla y me derretía ante ellas. Las carnes se me ablandaban. Yo soñaba no sé qué. Ciertamente eran inalcanzables, nunca en la vida me cruzaría con ellas, llegaría a tratarlas o conocerlas, pero eso no me quitaba el sueño, no me preocupaba lo  más mínimo. No las veía como seres humanos, en resumen, seres humanos como los demás, sujetos a las necesidades biológicas a que todos estamos sometidos, No las concebía masticando, respirando, sudando, enfermas, de mal humor o enfadadas, aburridas de lo que hacían, durmiendo cansadas tras un día de trabajo. Nada de eso, eran divinas, seres aparte. Una de ellas era Silvana Mangano, la protagonista de Arroz Amargo, una película que en España fue objeto de escándalo. Recuerdo que en la calle, delante de la sala de cine, había gente arrodillada rezando. Como vine a saber mucho más tarde, perdida ya la inocencia, las autoridades, civiles o eclesiásticas, ya no lo sé, habían considerado peligrosa la película, no apta para menores, porque la protagonista vestía pantalones cortos, mini shorts se dice ahora, y enseñaba las piernas. Cuando yo la vi, nada de eso se me había pasado por la cabeza, no me había fijado en sus muslos desnudos, que parecían ser el motivo del grave pecado, sino solo en la trama y los actores. El actor masculino era otro al que luego admiré y envidié, Vittorio Gassman, que hacía el papel de amante traidor y desconsiderado. Pero tampoco lo vi en ese carácter, pues en esa época y dada mi corta edad yo no sabía nada de lo que el escritor Noel Clarasó llamaba la guerra de los sexos. Solo más tarde, pasados los años y siendo ya persona adulta y sensata quise saber algo más de todo el asunto y busqué en internet la historia de aquella rapaza, de aquella raggazza, por decirlo en su propio idioma. Silvana Mangano había nacido en Roma, en una familia pobre, de padre italiano y madre británica, y se había casado a los 19 años con al productor de cine Dino de Laurentis. Padecía depresiones e insomnio y se sentía infeliz. Quienes la rodeaban insistían en alabar su belleza, a lo que ella siempre protestaba y afirmaba que no, que no era bella, que no, que no. Pasó el tiempo e hizo muchas películas. Recuerdo La muerte en Venecia, sobre la novela de Tomás Mann, en la que ella era la madre de Tadzio, el joven protagonista de 13 años que fascina al viejo profesor alemán en vacaciones. También había protagonizado Por quién doblan las campanas, una película de la I Guerra Mundial, en la que hace el papel de mujer prostituta de los soldados. En fin, aquella mujer me atraía, soñaba con ella. Seguí leyendo. Mujer ya madura había renunciado a su carrera, se había separado de su marido y se había ido a vivir a Madrid con una hija. Allí había muerto de cáncer de pulmón. Cuando supe todo esto me costó digerirlo. ¿Por qué. por qué, me preguntaba angustiado, una mujer que lo tenía todo para ser feliz, una mujer bella y admirada, una mujer tan querida, si me atengo a como yo la quería, había sido tan infortunada y había muerto de una muerte tan horrible? Aún hoy me dura el desconcierto y la pena, no consigo asimilarlo. No consigo aceptar que la vida humana no es un cuento de hadas, que solo existe la prosaica realidad.   






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