Pensamientos

17 de octubre de 2019, Dédalo e Ícaro, el sueño hecho trizas (termina).

miércoles 30 octubre 2019

Al principio, Minos, ciego de ira, decide castigar a Dédalo por su intervención, pero pronto cambia de idea, lo que Dédalo ha hecho, debe deshacerlo. Ordena pues al arquitecto construir la prisión más inviolable que se pueda imaginar para encerrar en ella con seguridad al Minotauro, ese insulto al sagrado vínculo matrimonial. Dédalo se pone inmediatamente a trabajar. Con la ayuda de su hijo pequeño, Ícaro, emprende la construcción de un extraordinario complejo arquitectónico, un laberinto. Un laberinto de tal complejidad que cualquiera que se aventure en él nunca pueda salir, ni siquiera su creador. En esta fortaleza al aire libre Minos encierra el Minotauro. Pero le llegan terribles noticias. Su hijo Androgeo ha sido asesinado en Atenas en circunstancias sospechosas. Minos responsabiliza al rey Egeo. La guerra estalla, Atenas está sitiada, sus habitantes mueren de hambre. Finalmente se rinden y, como señal de sumisión, proponen a Minos elegir el tributo que quiere para levantar el asedio. Minos no lo piensa mucho, exige que se le entregue anualmente siete jóvenes y siete doncellas para darlos como pasto al Minotauro. Los atenienses derrotados no tienen elección. Durante años pagaron el horrible tributo exigido por Minos. Hasta el día en que el joven Teseo, heredero al trono de Atenas, decide acabar con el monstruo. A pesar de las protestas de su padre, Teseo se une a las futuras víctimas y se va a Creta firmemente decidido a desafiar al Minotauro. Una vez en Creta, lo llevan al palacio de Minos. La hija del rey, Ariadna, al verlo, se enamora de él, es un flechazo, no puede hacerse a la idea que el joven sea devorado por el Minotauro o se pierda en el laberinto. Confiesa su angustia al único hombre que puede ayudarla, Dédalo. Tocado por el amor y la desesperación de la princesa, él decide hacerlo. No será sin consecuencias. El día que Teseo debe entrar en el laberinto, Dédalo, discretamente, da a Ariadna un ovillo de lana que tendrá que entregar a Teseo. Una vez en el laberinto, él sólo tendrá que desenrollar el ovillo a medida que avanza y luego volver sobre sus pasos para encontrar la salida. Todo va exactamente como estaba planeado. Teseo mata al Minotauro, luego, gracias al hilo de Ariadna, logra salir sano y salvo del laberinto. Ese mismo día agarra a la princesa y la lleva lejos de Creta. Cuando se entera de la noticia, Minos entra en cólera. Ordena el arresto inmediato de Dédalo e Ícaro, y los encierra en el laberinto. Ahí están Dédalo e Ícaro prisioneros de su propia creación. Dédalo puede haber diseñado el laberinto, pero no es capaz de encontrar la salida a través de los interminables corredores de piedra. Por más que lo intenta, no consigue otra cosa que dar vueltas en círculo sin poder hallar la salida, pronto debe rendirse a la razón, el laberinto se ha cerrado sobre ellos como una trampa. Ícaro, por otro lado, se desespera. Sentado en el suelo, no puede hacer nada más que esperar, esperar indefinidamente, ver la vida fluir lentamente, inexorablemente. Y cuando se levanta, cuando trata de buscar una salida, siempre es lo mismo, está perdido, desorientado, deshecho. Ícaro entonces se sienta y contempla el cielo, el cielo, símbolo de una libertad que ahora está fuera de su alcance. Mientras Ícaro se desanima y se lamenta, Dédalo piensa. No mira al cielo, sino a los pájaros. Por encima de él se arremolinan, se ciernen en el aire, describen grandes círculos, se elevan hasta las nubes, danzan un ballet de elegantecia y ligereza y terminan por posarse suavemente sobre los altos muros del laberinto. Una idea germina en la mente de Dédalo. Por supuesto, uno no puede esperar trepar por las paredes del encierro, pero hay otra manera de huir, una manera audaz y que el viejo ingeniero está dispuesto a probar. Saca a Ícaro de su torpor y le dice, apuntando a las nubes, saldremos a través del cielo. Ícaro no sabe qué decir, pero sabiendo el gran ingenio de su padre, no hace preguntas, sabe que puede confiar en él. Dédalo entonces le ordena que recoja las plumas de pájaro que pueda encontrar. Es un trabajo largo y laborioso. Los prisioneros ponen las plumas una al lado de la otra, una por una, empezando por las más pequeñas a las que hacen seguir de otras más largas, por lo que el conjunto parece elevarse gradualmente. Realizado el trabajo, Dédalo sujeta las plumas con un hilo de lino arrancado de su túnica, luego las pega con cera y les da una ligera curvatura para imitar las alas de los verdaderos pájaros. Ícaro lo imita, sin saber que está fabricando lo que causará su pérdida. Dédalo ajusta las alas en la espalda de su hijo y le explica cómo usarlas, le recomienda repetidamente que siempre lo siga, que nunca se aleje de él. El padre y el hijo están listos, se lanzan al aire, Dédalo en cabeza, se alzan, suben, suben al cielo, el laberinto se aleja. De vez en cuando Dédalo se da la vuelta para asegurarse de que su hijo lo sigue y no se aparta del camino marcado, Ícaro, embargado de júbilo, vuela más y más libremente, su juventud lo hace imprudente, se eleva cada vez más alto, poco a poco deja de seguir a su padre, Dédalo se da cuenta, le grita, lo implora, pero la voz del anciano es arrastrada por el viento, además, Ícaro, abandonado a la embriaguez de su vuelo, no oye nada, se concentra en el ascenso, ¿por qué quedarse a la mitad? ¿por qué seguir el camino intermedio cuando todo el cielo está a nuestra disposición? Ir más lejos, cada vez más alto, hasta el infinito. Por unos momentos, Ícaro es dueño del mundo, vuela, todo le parece posible, pero cuanto más se eleva, más se calienta la cera, los rayos del sol comienzan a derretirla. De repente, por más que agite los brazos, ya no lo sostienen, desde lo alto del cielo, Ícaro mira con miedo el mar allá abajo, la cera se ha derretido, las plumas de las alas se han desprendido, Ícaro sacude sus brazos desnudos, entra en pánico, está sin apoyo, se cae. Quiere gritar, llamar a su padre, pedir ayuda, pero es demasiado tarde, cae de cabeza en el mar y las aguas se cierran sobre él, esas aguas en las que flotan tristemente unas pocas plumas llevarán a partir de ahora el nombre del infeliz hijo de Dédalo, el mar Icariano. Dédalo desafió dos veces las leyes de la naturaleza, la primera cuando ayudó a Pasifae, que parió una criatura monstruosa, la segunda, cuando escapó convirtiendo al hombre en un pájaro, lo que costó la vida a su hijo. La naturaleza no acepta impunemente nuevas leyes y a los dioses no les gusta que los hombres traten de escapar de los límites de su condición. El viejo Dédalo lo entendió cuando, torturado por el dolor, puso pie en una pequeña isla árida, lejos de Creta, a la que llamó Icaria como último tributo a su hijo perdido. Durante siglos, marineros y viajeros que atraviesan el mar se han preguntado sobre el vuelo de Ícaro. ¿Somos tan diferentes de él, ese niño que vivía en una prisión al aire libre y soñaba con volar a un lugar que imaginaba mejor? Puede que no haya caído por haber perdido todo sentido de la medida. Su padre, Dédalo, era un hombre sabio pero cauteloso, observador e inventivo, pero razonable. Pese a las advertencias de su padre, pese a sus palabras, no quiso escuchar la voz de la experiencia, pero sabemos bien que la experiencia sólo arroja luz sobre sí misma.




Comentarios

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