Pensamientos

18 de octubre de 2019, Edipo, el que descifra enigmas.

jueves 31 octubre 2019

 Los tebanos no han olvidado la tragedia, ni la han olvidado los árboles, los muros y los dioses, porque nunca un mortal ha vivido una más terrible, nadie fue más severamente castigado por el destino. Esta es la historia de Edipo. Cuando el rey de Tebas, Labdacos, el cojo, murió, su hijo, Layo, sólo tenía un año de edad. Se lo podría haber confiado a un guardián o nombrado un regente, pero dos impostores tomaron el trono y expulsaron al joven Layo. Layo encontró refugio en Elide, con el rey Pólibo. Pasaron dieciocho años. El rey Pólibo tiene ahora un hijo, Crisipo, cuya educación confió a su protegido, Laos. Crisipo es un joven muy bello, el corazón de Layo se dispara, se enamora locamente de su pupilo. Crisipo rechaza sus avances, quiere ver en él sólo un compañero de juegos. Entonces Layo intenta conseguir por la fuerza lo que la seducción no le ha concedido. Secuestra a Crisipo y abusa de él. No sólo viola la integridad del joven, sino también las sagradas leyes de la hospitalidad y traiciona la confianza que el rey Pólibo ha depositado en él. Por la noche, Crisipo, avergonzado, no se atreve a entrar en el palacio, se refugia en un granero, se ata una cuerda alrededor del cuello y se ahorca. Cuando el rey Pólibo descubre el cadáver de su hijo, llama sobre Layo la maldición de los dioses, sobre Layo y todos sus descendientes, que el linaje de Layo nunca puede perpetuarse, que esté condenado a la aniquilación. Layo, horrorizado por el crimen que cometió, asustado por la maldición de Pólibo, huye a toda prisa. Regresa a Tebas, donde los dos impostores que lo habían expulsado de la ciudad habían muerto, el trono estaba ahora vacante, Layo podía ocuparlo con todo derecho. Layo elige a una joven de noble linaje como reina, se llamaba Yocasta. Pasan los meses, un año, dos años, la pareja todavía no tiene hijos, se hace preguntas y el pueblo murmura, Layo decide ir a Delfos, al templo de Apolo, para que el dios le diga lo que debe hacer para tener un hijo, un heredero del trono. Ha olvidado al rey Pólibo y su maldición. Pero los dioses tienen la memoria larga. Esto es lo que el oráculo de Delfos anuncia a Layo: Layo, tú que gobiernas Tebas, guárdate bien de hacerle un hijo a tu esposa, los dioses te lo prohíben; si por desgracia llegas a tener uno, él te matará. Layo queda devastado. ¿Condenado a perecer a manos de su propio hijo? No se lo puede creer. Para que la profecía no se haga realidad, se abstiene de visitar a su reina, se conforma con la compañía de chicos jóvenes, pero un día en que ha bebido demasiado no puede resistir a su deseo y se mete en la cama de Yocasta. Nueve meses después, un niño viene al mundo, es un hijo, y el recuerdo del oráculo vuelve a su memoria: si por desgracia tienes un hijo, él te matará. Layo gime, implora la piedad de los dioses, camina sin cesar por los pasillos de su palacio, busca una salida, una manera de evitar su destino y hacer que la profecía mienta. ¿Matar al niño con sus propias manos? Impensable, no, la ira de los dioses aumentaría. De repente se le ocurre una idea, llama a un pastor y le ordena llevar al recién nacido al corazón de la montaña y abandonarlo allí para que pueda las bestias salvajes lo devoren. Para estar seguro de que el niño no será capaz de escapar, ordena que sus tobillos sean perforados con una fíbula, cortando así sus tendones. Es el destino reservado a los animales para evitar que se escapen. El pastor se pone en camino, pronto llega al espeso bosque del monte Citerón, el niño le sonríe, el pastor duda, no tiene corazón para abandonar al recién nacido de esta manera. En este momento aparece un hombre, va de camino a Corinto, el pastor le ruega que tome al niño y lo lleve con él, para ponerlo a salvo, lejos de Tebas y de la mirada asesina de Layo. El hombre duda, entonces piensa en el rey Pólibo y la reina Merope, que gobiernan Corinto, sabe que la pareja real lamenta no tener hijos, si este recién nacido sobrevivió a sus heridas, sólo podrá contentarlos y el hombre podría obtener de ellos alguna recompensa. Dicho y hecho, cuando regresa a Corinto y les presenta el niño, el rey y la reina están encantados, se apresuran a adoptarlo, le dan el nombre de Edipo, es decir, el que tiene los pies inflamados. Edipo creció en Corinto, rodeado del afecto de aquellos que ahora se han convertido en sus padres. Cuando Edipo era adolescente, aunque cojeaba un poco, era admirado por todos y sin duda cuando llegara el día sería un digno sucesor del rey Pólibo. Pero una noche, durante un gran banquete, uno de los comensales, borracho por el vino, lanza al joven Edipo: después de todo, sólo eres un niño encontrado. ¿Un niño encontrado? Edipo, conmocionado, pide que los preesentes lo desmientan. Exige que le confirmen que es hijo de Mérope y Pólibo. Nadie se mueve, todos se callan. Edipo se apresura a volver a su casa y exige a su padre que se le diga la verdad. Pólibo, confuso, lo tranquiliza como puede; para él, Edipo es su hijo, a todos los efectos, cualesquiera que sean las circunstancias de su nacimiento; pero sus explicaciones imprecisas dejan al joven aún más angustiado. Tanto peor, los dioses sabrán decirle la verdad. Edipo va a Delfos y pregunta al oráculo. ¿De quién es realmente hijo? El oráculo no se lo dirá, por el contrario, la suma sacerdotisa, la Pitia, le anuncia el destino más espantoso y lamentable que se pueda imaginar. Matarás a tu padre y te acostarás con tu madre. Horrorizado, el joven decide no volver a Corinto. Quiere huir lo más lejos posible, poner la mayor distancia entre sus padres, a quienes quiere de verdad, y él, para que la terrible profecía no se pueda cumplir. Escapar de ese destino impuesto es su único objetivo. Sube de nuevo a su carro y se va, vaga, cruza ciudades y pueblos, una silueta fantasmal, indiferente a todo, ya no tiene patria, ningún lugar es su tierra, ya no es nada. Un día, en el encuentro de tres caminos que conducen a Delfos, se cruza con un anciano, un anciano al que no falta una cierta prestancia. Lo acompaña un sirviente. En este punto el camino es demasiado estrecho para que dos carros pasen al mismo tiempo; el anciano, impaciente, ordena a Edipo que le deje paso, Edipo ni siquiera tiene tiempo de discutir, el hombre obliga a su criado abrirse paso como sea. El criado obedece y mata a uno de los caballos del joven. Edipo se encoleriza, saca la espada y la hunde en el vientre de su oponente. Todo sucedió tan rápido que el siervo, cogido por sorpresa, no tuvo tiempo de impedirlo. Temiendo que lo matara también a él, huye a toda prisa. Corre hasta casi sentir que los pulmones le estallan y sólo se detiene una vez al abrigo de los muros de su ciudad, Tebas. Allí cae de rodillas y anuncia la noticia, el rey, el rey Layo ha sido asesinado.






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