Pensamientos

1 de noviembre de 2019, Edipo, el que descifra enigmas. (termina).

viernes 01 noviembre 2019

 Esta desgracia aumenta el clima de terror en que vive hace años la ciudad. De hecho, no muy lejos de las puertas de Tebas, en el monte Ficio, una criatura monstruosa enviada por Hera, la esposa de Zeus, se ha instalado en un promontorio. Es una de las peores divinidades del inframundo, una Esfinge. Tiene la cabeza de una mujer y sus pechos, pero dos patas de leona y un par de alas con garras. A todo viajero que pasa por allí, le hace un par de preguntas, siempre las mismas. hasta la fecha, nadie ha sido capaz de responderlas, todos son devorados inmediatamente. Incluso había muerto así Hemón, el sobrino del rey. Edipo, siempre vagando por los caminos, llega a Tebas. Le sorprende el clima de muerte que reina en la ciudad. Los habitantes van y vienen, sus ojos se han apagado, la tristeza los domina. Detiene a un transeúnte y le pregunta; se le explica que Layo ha muerto y que la regencia ha sido confiada a Creonte, su cuñado. Creonte ha promeetido la mano de Yocasta, su hermana, y por lo tanto el trono, a cualquiera que libre a Tebas de las garras de la Esfinge. Edipo piensa que se le ofrece una gran oportunidad de poner fin a su vagar conquistando tanto una reina como un trono. Decide enfrentarse a la Esfinge. La bestia lo deja acercarse. Una sonrisa irónica ilumina sus rasgos. Tiene una nueva presa. Te escucho, le dice Edipo. La Esfinge entonces hace su pregunta. ¿Qué animal tiene cuatro patas por la mañana, dos al mediodía y tres por la noche? Edipo piensa. Su vida, que ahora corre el riesgo de perder, pasa ante sus ojos. Transcurre algún tiempo. Sin temblar, Edipo finalmente responde: el hombre, cuando niño vive a cuatro patas ya que se arrastra por el suelo con los pies y las manos; como adulto, tiene dos, ya que está de pie, y cuando se ha hecho viejo, tiene tres, ya que se apoya en un tercer pie, un bastón. La Esfinge reprime un sobresalto repentino, luego le hace la segunda pregunta: Son dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra y, a su vez, es engendrada por la primera. Edipo contestó: el día y la noche. Esta vez, Edipo ve en sus ojos un resplandor de odio, ha sido derrotada. Con un salto, el monstruo se precipita en el vacío y se estrella contra las rocas. Edipo es ya rey de Tebas. Se casa con Yocasta, como se acordó, que le da cuatro hijos, dos varones, Eteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene. Edipo es ahora de la edad del hombre al que hace tiempo mató en una encrucijada. Llega entonces su última prueba, la más terrible. Una enfermedad abominable se ha extendido sobre Tebas, golpea indiscriminadamente a jóvenes y viejos, las mujeres dan a luz a niños muertos. El pueblo implora a Edipo, le ruega que lo salve, él que ha derrotado a la Esfinge seguramente será capaz de librarlos de esta plaga. Edipo va de nuevo a Delfos, el oráculo podrá iluminarlo sobre la razón de este mal. Pero el oráculo responde esto a Edipo: la plaga ha caído sobre la ciudad porque entre sus muros vive un asesino, el asesino del rey Laos; mientras no se lo encuentre y expulse, el mal continuará extendiéndose hasta la devastación total. Edipo está decidido a encontrar a este asesino. Por toda Grecia, lanza emisarios. En Tebas, se registra las casas, se interroga, se promete recompensas... pero nadie sabe nada. Así que Edipo apela al gran Tiresias. El adivino ciego que sabe descifrar el vuelo de las aves, sin duda sabrá el nombre del culpable. Pero Tiresias, a su vez, dice no saber nada. Sin embargo, la forma en que el adivino le responde, hace pensar a Edipo que le está ocultando la verdad. Ordena, insiste, amenaza. De nada sirve. La terquedad de Tiresias enfurece a Edipo. La reina Yocasta decide entonces intervenir. Ella recuerda que el día del asesinato, Layo, su esposo, iba acompañado de un sirviente, el que había difundido la noticia de su muerte. En ese momento sólo había dado una explicación, Layo había muerto a manos de un joven bandido en el cruce de tres caminos en un camino estrecho, cerca de Delfos, eso era todo. Edipo palidece, esta encrucijada, este camino estrecho cerca de Delfos, los conoce demasiado bien, pero inmediatamente se tranquiliza, el siervo habló de bandidos, mientras que Edipo sabe que estaba solo en la lucha con el anciano. Así que no puede tratarse de él, sin duda se trata de dos historias diferentes. Hay que encontrar al sirviente de Layo, pero después de tantos años, ¿cómo hacerlo? Desapareció el día después del asesinato y nadie sabe lo que le pasó. En ese momento llega de Corinto un mensajeroun mensajero que porta una triste noticia, el rey Pólibo ha muerto. Pólibo, el hombre que Edipo tenía por su padre, el padre del que tanto había querido huir por temor a ser un día su asesino involuntario. Pólibo murió por el peso de los años. Edipo primero siente que el dolor le oprime la garganta, luego prevalece el alivio, el oráculo de Delfos, esa profecía que tanto lo ha obsesionado, en última instancia ha sido falsa. No podrá matar a su padre, ya que su padre ha muerto por causas naturales. Pero su alivio es efímero. El mensajero continúa: Oh rey Edipo, la muerte de Pólibo me libera del juramento que una vez hice y finalmente puedo confesar la verdad. Pólibo y Merope no eran tus padres. Edipo está horrorizado. El hombre continúa : soy yo quien una vez te llevó, soy yo quien te entregó a la pareja real, tú, el niño con los talones perforados. Con voz temblorosa, Edipo le pregunta. Pero este niño, ¿quién te lo dio? Al mismo tiempo, un viejo pastor vestido de harapos sale de la multitud y se acerca, mira al suelo y su voz no es más que un susurro, pero lo que dice congela la sangre de todos los que lo oyen. Te reconozco, mensajero de Corinto, sí, eres tú; fue a ti al que una vez confié este niño con los tobillos perforados, ese niño a quien su padre había querido dar una muerte atroz y al que no tuve valor de entregar a los lobos que pueblan el bosque. Edipo se queda frío; pero este niño, ¿quién te lo dio? El viejo pastor fija en él sus ojos casi ciegos y dice con voz pesada, este niño era el hijo del rey Layo y de la reina Yocasta. Yocasta lo ha oído todo, casi se desvanece, todo está claro ahora, no hay duda posible, Edipo es su hijo. Así que todo ha terminado. Pese a que había hecho todo lo posible para escapar de él, el oráculo de Delfos se había cumplido. El desafortunado Edipo mató a su padre y se casó con su madre. Edipo busca con los ojos a Yocasta, ella ya no está allí. Preso de una terrible sospecha, se dirige al palacio, entra en la habitación de la reina, Yocasta; está allí, muerta, se ha ahorcado. Entonces, Edipo, el corazón roto y destrozado rotos, arranca las broches de oro que adornan la ropa de su madre, una expresión salvaje anima sus rasgos, se ve en su rostro la ira, la violencia, la crueldad y la furia de un verdugo, suelta un aullido y se clava en los ojos las broches, los perfora, los destroza, por lo que ya nunca más verá el día ni la noche ni a la gente. Luego deja la ciudad acompañado de su hija, Antígona. Convertido en un ciego cojo que vaga por los caminos de Grecia, se lo señala y da caza. Edipo, ¿es culpable? Mató a su padre, por supuesto, pero no sabía nada de su parentesco y actuó en defensa propia; se acostó con su madre, sí, pero no sabía que ella lo fuese. Después de derrotar a la Esfinge, Yocasta fue la recompensa a la que no pudo renunciar. Destinado a cometer esos crímenes aun antes de haber sido concebido, Edipo fue encadenado a su suerte, nada podría haberlo desviado de ella excepto la muerte, y cuanto más luchó contra ella, más ella se empeñó en aplastarlo.






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