Pensamientos

20 de febrero de 2020, romance de Bernaldo del Carpio

jueves 20 febrero 2020

Al conde lo llevan preso, —bien sujeto y maniatado

por una gran felonía —que ha cometido en un prado;
no
lo llevan por ladrón —ni por corrupto o taimado;
lo llevan porque un buen día —a una niña ha forzado,

una niña pubescente —apenas alta de un palmo

que se encontró en el Camino —peregrinando a Santiago.

Hizo la fechoría —sin parte dar ni al diablo

y para más indecencia —sin que le importara un rábano.
Lo que es cosa muy fea —y un muy grave pecado.
Para acabar de arreglarla —y a la hoguera echar un palo,

era sobrina del rey —y nieta del Padre Santo:
Por eso lo llevan preso —de manos y pies atado.
Tras ver los pros y los contras —y con calma meditarlo,

lo condenaron a muerte —en una horca colgado,

y para que no se escape —una guardia le han nombrado
de cien hombres por el día —y de noche ciento y cuatro.
—Si a socorrerme viniera, —mi primo hermano Bernardo,
no temiera yo cien hombres, —ni tampoco ciento y cuatro;.

mi suerte fuera distinta —y me cantara otro gallo,

así pensaba aquel conde —manso, infeliz y cuitado.
Bernardo estaba en su casa —a la pelota jugando

cuando llegó un mensajero —que sin aliento le ha hablado:

Daos prisa, mi señor —tomad aprisa un bocado

y acudid a salvar —a vuestro primo y hermano,

que si Dios no lo remedia —hoy mismo muere ahorcado.

Sin pensárselo dos veces —ni con pachorra tomarlo,

sale a la calle corriendo —donde lo espera el caballo

puesta la brida en la boca —como conviene ensillado.
Lleva una espada en el cinto —otra desnuda en la mano;
y por si eso fuera poco —un bastón de palosanto.
Yendo por la calle arriba, —al rey Alfonso ha topado:
—¿A dónde vas, caballero, —a dónde vais, Don Bernardo?

—A liberar a mi primo —que muy mal lo está pasando

pues que si nadie lo ayuda —su vida pende de un clavo.
—Puesto que es primo tuyo —para soltarlo me basto.

—No quiero empeño del rey —ni de ningún soberano;

mas quiero yo defenderlo —de quienes quieran dañarlo.

Muy poco tiempo empleó —para llegar al cadalso

en donde un fraile gerundio —estaba ya amonestando

al reo no arrepentido —de aquel crimen nefando,

porque a Dios se encomendara —mejor a Él que al diablo.
Y sin pararse en barreras —ni detenerse a pensarlo

De un puntapié bien certero —hizo la horca pedazos,
y al sayón boquiabierto —que lo miraba pasmado

de un mandoble certero —mandó la testa rodando.

Se volvió luego a su primo —y con gesto autoritario

díjole perentorio —si no es un poco enfadado:

—Toma esta espada, mi primo, —defiéndete por tu mano;
porque de mi sangre noble —nadie será ajusticiado






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