Pensamientos

23 de agosto, Apolo, el dios de la luz (termina).

sábado 14 septiembre 2019

  Dios errante por los caminos, Apolo conocía probablemente mejor que nadie el significado profundo de esta máxima. Queda nombrar el lugar. Los marineros, convertidos en sacerdotes, le hacen observar que se les ha aparecido en la forma de un delfín. Delfín, Delfis en griego. Apolo lo aprueba. Este sitio se llamará Delfos. Pronto se convertirá en el lugar de culto más venerado de toda Grecia. Viajeros de todo el mundo acuden a él para saber el destino que los dioses reservan a los mortales. Para ello deberán consultar el oráculo, la famosa Pitia por cuya boca habla supuestamente el dios. Ha terminado el tiempo de la vagancia, puede empezar el del poder. Apolo entra triunfalmente en el Olimpo, en la asamblea de los dioses, está en el punto culminante de su gloria. Por desgracia, todo tiene su parte de sombra, incluso los dioses y si, con su lira, Apolo alegra a los mortales, con su arco les amarga la vida. Pronto se descubre que tras el delicioso poeta que juega con las musas se oculta un arquero violento y temible. Una reina, la arrogante Niobe, lo aprenderá a sus expensas y no será la única. Niobe reina en Tebas. Ya Zeus la había amado, pero ella no se había dignado darle descendencia. Sin embargo, era fértil. Junto con su marido, Anfión, había dado a luz a no menos de catorce hijos. Un día, orgullosa de su fertilidad y arrogante como su padre, tuvo la insolencia de compararse con la diosa Leto y presumir de serle superior porque ella sólo había tenido dos hijos: Apolo y Artemisa. Ofensa imperdonable a los ojos de Apolo. Un día que los hijos de Niobe están con su madre en el Monte Sipilo, Apolo se les acerca y, sin vacilar, empuña el arco y dispara sus flechas, catorce flechas, catorce víctimas, una carnicería. Se puede imaginar el inmenso dolor de la infortunada Niobe. Postrada, se niega a abandonar la tumba de sus hijos asesinados, llora día y noche hasta que Zeus, compadecido, la transforma en una roca de la que brota un manantial formado por sus abundantes lágrimas. Durante nueve días los cuerpos de los niños quedan sin enterrar. Al décimo, los dioses mismos les dan sepultura. Paradoja de este dios de gran belleza, todos sus amores fracasan, las mujeres que más le gustan, huyen de él, sin remedio. La más famosa de estas rebeldes es la ninfa Dafne. Dafne pasa la mayor parte de su tiempo cazando. Un día, Eros, el joven dios del amor, de cuyas pobres cualidades arqueras Apolo se burla constantemente, decide jugar una buena pasada al orgulloso seductor. Le traspasa el corazón con una flecha de oro que lo hace enamorarse de Dafne. Luego golpea a Dafne con una flecha de plomo y la hace insensible al amor. Apolo corteja a Dafne, ella lo rechaza obstinada. Para no tener que soportar los avances del dios, huye. Apolo la persigue. La ninfa se interna en los bosques hasta que al límite de sus fuerzas se deja caer a la orilla del río Peneo. Cuando Apolo casi la alcanza, Dafne invoca con fervor a su padre, el dios del río, y él la oye. En un torbellino de agua y espuma, Peneo surge de las olas y con el extremo de su cetro le toca los pechos, justo donde la flecha de Eros la había alcanzado. La hermosa Dafne siente que sus extremidades se enfrían, su fina túnica le resbala de las caderas y todo su cuerpo se cubre de una corteza gris áspera, sus brazos se alargan en ramas, sus manos se convierten en hojas, su sangre en savia y sus pies arraigan en la hierba tibia de la margen del río; su padre acaba de convertirla en un hermoso laurel. Apolo se precipita hacia ella, pero demasiado tarde, no puede hacer nada, sólo agarrar el tronco, liso y frío; bajo cuya corteza siente palpitar el corazón vivo de Dafne. Abatido, destrozado, Apolo coge entonces una rama de este árbol sagrado y decide que a partir de ahora decorará con ella su lira y adornará la frente de los poetas. Turbulento, violento, es hora de que alguien pare los pies a este dios demasiado impulsivo. ¿Quién mejor que su padre? Zeus es el más indicado. Apolo acaba de enamorarse una vez más, se llama Coronis, es la hija del rey de Tesalia. Apolo y Coronis son felices. Coronis está encinta del hijo del dios. Pero la princesa, todavía embarazada, tiene la desgracia de sucumbir a los encantos de un simple mortal, un hombre llamado Isquis. Un cuervo, al que el dios había encargado vigilar a su amante,  le cuenta la traición. Al principio, él no lo cree y, para castigarlo por mentir, lo vuelve negro (antes era blanco). Cuando descubre la verdad, hace sagrados a los cuervos y los encarga de anunciar muertes importantes. Pero su ira es, como siempre, implacable. Apolo comienza matando al pobre cuervo. Luego mata a Isquis y a Coronis. Cuando los restos de Coronis reposan sobre la pira a punto de ser consumidos por las llamas, Apolo le saca del vientre el niño, todavía vivo. Es Asclepios. La nueva tragedia aflige a Apolo, una vez más ha perdido a la mujer a la que amaba, pero todavía tiene al niño. Asclepios aprende con rapidez los mayores secretos de la medicina y pronto se vuelve tan hábil que descubre por sí mismo cómo resucitar a los muertos; el increíble remedio, absurdo, el sueño de la humanidad. Y no duda en hacerlo. Asclepios resucita a Orión, Hipólito, Tíndaro y Licurgo. Hades, el amo del inframundo, se enfurece. Lo que está sucediendo es muy grave, Asclepios está trastornando el orden que reina entre dioses y hombres. Ni hablar de dejarlo continuar. Hades protesta ante Zeus. El amo del Olimpo comparte su ira, Asclepios va demasiado lejos; sin vacilar, Zeus fulmina al médico genial. La desesperación de Apolo es enorme. Su propio padre se ha atrevido a quitarle el hijo. Para vengarse, Apolo apunta entonces a los Cíclopes, las criaturas de un solo ojo que habían forjado el rayo del amo del Olimpo, y los asesina uno por uno. Zeus se enfurece, definitivamente este hijo está fuera de control y, para castigarlo, piensa en lo peor, enviarlo al Tártaro, ese rincón maldito del inframundo; pero Leto intercede y Zeus acepta suavizar la pena; Apolo será esclavo de un mortal; durante un año servirá al rey de Tesalia como un mero pastor. Todo es tragedia en la vida de este dios, todo es complejidad, incluso en sus amores, que no se limitan al género femenino, porque Apolo ama también a los hombres. Dos de sus amantes, Jacinto y Ciparisos, morirán de mala manera. Jacinto, hijo de la musa Clío y de Piero, rey de Macedonia, era un joven príncipe espartano al que Apolo enseñaba las artes y el atletismo. Una vez que lanzaban el disco, Céfiro desvió de su trayectoria uno lanzado por Apolo con tan mala suerte que golpeó a Jacinto en la cabeza y lo mató. Apolo sintió tanto dolor que convirtió a Céfiro en viento para que nunca volviera a tocar a nadie ni hablar con ninguno. Para honrar a su amante, creó de su sangre la flor del jacinto, que lleva su nombre, y con sus propias lágrimas puso en los pétalos marcas en forma de ayes, símbolo del eterno lamento. El otro amante, Cipariso, descendía de Hércules. Apolo le había regalado un hermoso ciervo domesticado, pero Cipariso lo mató sin querer con un dardo cuando el animal dormía descuidado entre la maleza. Desesperado, quiso morir a manos de Apolo, pero él se negó y entonces le suplicó hacer que sus lágrimas rodasen eternamente. El dios accedió y lo transformó en un ciprés, del que se dice que representa la tristeza porque su savia forma en el tronco gotas que parecen lágrimas. Hay un cierto genio en este dios, que, aun infeliz, consigue embellecer el dolor. Así, lejos de los clichés que hacen de él un dios del sol, un dios de pureza y hermosura, Apolo, como los mortales, es fuente de paradojas. Es sombra y luz.  Apolo es un dios de muchas caras.






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