Pensamientos

23 de septiembre de 2019, Psyché, la bella y la bestia.

lunes 23 septiembre 2019

 En algún lugar de un reino lejano, un rey y una reina tenían tres hijas. Las tres eran muy bellas. Si los encantos de las dos mayores inspiraban alabanzas a quienes las conocían, la belleza de la más joven, Psique, desafiaba el lenguaje ordinario. Incluso los dioses, cuando se la encontraban, no podían menos que compararla con Afrodita, la más sublime de todas las diosas. Las dos hermanas de más edad habían encontrado marido, y no uno cualquiera, sino nobles príncipes. Curiosamente, Psique se mantenía soltera. Se venía a admirarla, se la miraba, pero nadie se atrevía a pedir su mano. Se murmuraba que su belleza más que humana asustaba a los pretendientes. Mientras tanto, allá arriba, en el Olimpo, la que todos los dioses habían consagrado diosa de la belleza, Afrodita, estaba que echaba chispas. El espectáculo era para ella una ofensa, un sacrilegio, En la tierra, sus fieles la abandonaban, creyendo que habían encontrado en Psique a otra diosa que se le comparaba. Para Afrodita era urgente deshacerse de su rival. Con un chasquido de dedos, Afrodita convoca a Eros, el dios del amor. Eros es un dios menor, no pertenece, como Afrodita, Apolo o Atenea, a los doce grandes dioses del Olimpo. Tampoco es de la familia directa de Zeus. Fue concebido el día que Afrodita entró oficialmente en el Olimpo. Ese día se dio un gran banquete. Zeus invitó a todas las deidades, incluidos los dioses más antiguos, que se habían vuelto marginales, secundarios. Entre ellos estaba Poros, dios de la riqueza y la abundancia. Más que los otros comensales, Poros se dio un atracón de los deliciosos platos servidos en honor de Afrodita, y luego, harto, se tendió a la sombra de un gran roble y se durmió. En ese momento llegó Penia, diosa de la pobreza, venía a mendigar las sobras al final del banquete, como lo permitía su naturaleza divina, pero cuando vio a Poros, tan gordo, tan opulento, pensó que podía, uniéndose a él, escapar a la miserable suerte que el destino le había otorgado. Se tendió pues a su lado y se unió a él. Fue así como, unos meses más tarde, Eros nació de los amores de Poros y Penia. Por lo tanto, el deseo es hijo de la riqueza y de la pobreza, de la abundancia y de la escasez. Afrodita hizo a Eros mensajero del amor. Afrodita inspira la pasión amorosa, Eros, a su servicio, se encarga de formar las parejas. Una flecha de oro para inflamar los corazones, una de plomo para volver a sus víctimas siempre insensibles al amor. Esa mañana Afrodita ordena a Eros inspirar a Psique un amor loco, desesperado, desproporcionado, pero por el más despreciable y feo de los mortales, un monstruo, precisa, un ser horrible. Eros obedece. Se va, armado con su arco y sus flechas. Cuando encuentra a Psique, la halla dormida. Eros se detiene de golpe, deslumbrado, nunca ha visto a nadie tan bello, Psique es perfecta. Ahora entiende mejor los celos de Afrodita. Emocionado, tropieza, cae y se hiere con una de sus flechas, la dorada. Y hete aquí a Eros locamente enamorado de la que iba a ser su víctima. Vuelve al Olimpo, da vueltas en círculo, se marchita, se consume, guardándose bien de revelar a Afrodita el mal que sufre, pues si ella se enterase de lo que ha sucedido, se volvería loca de rabia. Por su parte, Psique no está mucho mejor, también sufre, pero por otras razones. Llora, se desespera viendo que el tiempo pasa y no hay nadie en su vida. Consternado, su padre va a Delfos, al santuario de Apolo y pregunta al oráculo cómo encontrar un marido para su hija. En Delfos el oráculo es pronunciado por la Pitia, una sacerdotisa que transmite a los mortales la intención de los dioses y, ese día, uno de los dioses, a menos que fuera una diosa, sopla a la Pitia esta respuesta aterradora, Psique debe ser vestida como para un casamiento, luego abandonada en la cima de un monte donde su futuro marido, un monstruo terrible, vendrá a poseerla. El rey queda deshecho, ni por un momento se imagina abandonando a su hija, y mucho menos entregándola a una criatura horrible, ningún padre lo haría. Sin embargo, convencido de que debe obedecer las órdenes de los dioses, lleva a la joven, vestida de novia, pero acompañada de un cortejo fúnebre, a lo alto de un monte. Después de un último beso, el afligido padre y la madre se retiran a su palacio. He ahí a Psique abandonada. De pronto, siente un soplo de viento, se alza del suelo, se eleva lentamente en el aire, atraviesa las nubes, y luego se la coloca suavemente en el hueco de un valle, sobre una alfombra de vegetación. Apenas se ha recuperado de la emoción, que otra sorpresa la aguarda. Allí, frente a ella, se encuentra un hermoso palacio, todo de oro y mármol, rodeado por un jardín de magníficos árboles, el lugar está desierto, pero las puertas, adornadas con piedras preciosas, se abren a su paso, mientras unas voces desconocidas, suaves, acogedoras, la invitan a entrar en su nuevo hogar. Extrañamente, Psique no siente miedo, comienza a caminar por el palacio, pasa del asombro al asombro, de la maravilla a la maravilla. Por la noche, todavía deslumbrada, entra en una magnífica habitación preparada para ella y se queda dormida. De repente siente una presencia, alguien camina en la oscuridad, sólo puede ser el monstruo de que habló el oráculo. Psique entra en pánico, aparta las sábanas, se dispone a escapar. Entonces oye una voz tranquilizadora que le susurra, no temas, soy tu esposo, sólo quiero tu felicidad, créeme, pero, sobre todo, nunca trates de ver mi cara, porque si no, me perderías para siempre. Sorprendida, movida, Psique promete cumplir el extraño pacto. Este monstruo, que debería haberla aterrorizado, la tranquiliza. La silueta se desliza en su cama, la toma suavemente en sus brazos, la cubre de besos. Confiada, Psique se entrega. Por la mañana, cuando se despierta, no hay nadie en su cama, Psique está sola, estará sola todo el día y todos los días siguientes, y cada noche, al anochecer, su marido vendrá a reunirse con ella. Tal como había prometido, ella no trata de ver su cara. Extrañada descubre que cada vez ama más sus abrazos. Pero el tiempo pasa y las preguntas comienzan a atormentarla. Psique sufre de soledad, sus padres y hermanas la extrañan, ¿cuánto tiempo podría vivir en este inmenso palacio habitado por voces desencarnadas y un marido invisible? Una noche pide permiso para marcharse, por un corto tiempo, por unos días. Su misterioso marido comienza por negarse. Psique insiste, suplica, y su amante finalmente consiente, pero ella debe prometerle que no responderá a ninguna de las preguntas que se le haga acerca de él. Psique lo promete. Y he aquí que se ve transportada de un soplo de vuelta a la colina donde había sido expuesta, y desde allí regresa a su casa sin dificultad. Al ver de vuelta su hija, que creían perdida para siempre, los padres de Psique están muy contentos. Celebran su regreso, se maravillan de verla sana y salva, También sus hermanas parecen encantadas. Pero desde el momento en que les describe el palacio mágico, los muchos regalos de los que su amante la colma, aparecen los celos. Con preguntas capciosas, las dos hermanas logran que Psique les confiese la verdad. No, nunca ha visto la cara de su marido. (Continuará)






Enviar un comentario

nombre:
correo electrónico:
url:
Su comentario:

sintaxis html: deshabilitado

Búsqueda

Galerías

Calendario

« septiembre 2019 »
lunmarmiéjueviesábdom
      
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
24
29
      
hoy

Enlaces

RSS