Pensamientos

24 de agosto de 2019, la diosa Afrodita.

domingo 15 septiembre 2019

 ¿Quién es esa silueta que se ve allá lejos, en el océano? Una mujer, una mujer acaba de salir desnuda de la espuma. Su cabello es un río de oro, sus ojos brillan como estrellas, incluso sus formas son la perfección, su piel es blanca como la nieve, ninguna mujer mortal, ninguna diosa la iguala en belleza. Y porque proviene de la espuma, que los griegos llaman aphros, se llamará Afrodita. Infelizmente esta absoluta belleza llega marcada con el sello de la ambigüedad, porque si su gracia radiante, su perfecta sonrisa, encanta a las almas, su nacimiento violento la inclina a una sexualidad desenfrenada. Recordad. Durante miles de años, Gea, la Tierra, ha sido prisionera de su marido; Urano, el cielo, ni por un momento desde la primera mañana del mundo, se ha separado de ella. Se ha quedado pegado a ella, incrustado, y la pobre Gea se asfixia. Además, no es ella la única a la que Urano ahoga y sofoca, también sus hijos lo padecen, cada vez que intentan dejar el regazo de su madre, Urano los aparta y rechaza sin miramientos. La situación no puede durar. Con un fuerte grito, Gea ordena a sus hijos que se vuelvan contra su padre, que la liberen, que lo maten, no importan las consecuencias. Pero ninguno se atreve, ninguno excepto el más joven de ellos, Cronos. Su madre le ha dado en secreto un arma formidable, una hoz de pedernal. Oculto en la sombra, Cronos espera. Espera el momento en que Urano, siempre excitado, vendrá a unirse a Gea. Cuando llega, Cronos, sin vacilación, toma el sexo de su padre, lo corta de un tajo y lo arroja al mar. Del sexo mutilado del dios brota un torrente de sangre y semen que se extiende sobre la superficie de las olas, se une a la espuma y la fecunda. Afrodita nació de esta unión única. Afrodita inspirará tanto el amor espiritual como el carnal, ella será tanto la diosa del matrimonio como la que empuja a hombres y mujeres, incluso casados, a las peores locuras eróticas. Llevará a los mortales a toda voluptuosidad y todo exceso. Tan pronto como Afrodita surge de las olas, Céfiro, el dios del viento, la lleva a Pafos, una bahía en la costa occidental de la isla de Chipre. Céfiro la confía a las Horas, esas deidades benévolas que personifican las cuatro estaciones para que se ocupen de su educación. Las Horas le enseñan la elegancia, el encanto, y le ofrecen un magnífico regalo, un suntuoso cinturón de oro, un cinturón mágico que la hará irresistible. Afrodita está lista. Ha llegado el momento de presentarla a los dioses. Cuando entra en el Olimpo, todos se levantan y la proclaman unánimemente diosa de la belleza y el amor. Zeus declara que tal esplendor no puede estar solo, hay que darle un marido. Tomando a todos por sorpresa, Zeus designa al más improbable de los pretendientes, su hijo Hefestos, el dios de los artesanos y los herreros, Hefestos, el cojo de Lemnos, el más feo de todos los dioses, tan feo que, al nacer, su madre Hera lo tiró del Olimpo y le provocó la cojera.  Hefestos cayó durante nueve días y nueve noches hasta el mar, donde dos diosas lo recogieron y lo cuidaron en la isla de Lemnos y allí creció hasta convertirse en un maestro artesano. Sin embargo, Afrodita no parece turbada por la fealdad de su marido, incluso afirma que ya nutre un amor sincero por él; como prueba de ello le dará cuatro hijos, pero ninguno es de Hefestos. Al día siguiente de su boda, Afrodita ha elegido a un amante, imposible a la mujer nacida del sexo mutilado de Urano resistir el fuego que la anima. Su amante es el retrato opuesto de Hefestos, es Ares, el dios de la guerra, alto, hermoso, con el físico de un atleta. Tan pronto como Hefestos, que trabaja de noche, va a sus forjas donde hace las armas y joyas de los dioses, Ares se desliza en la cama de Afrodita y antes del amanecer se va. El asunto dura mucho tiempo, el infeliz Hefestos no sospecha nada. Pero como sucede a menudo, los amantes terminan cometiendo un error fatal. Una noche, tendidos uno junto al otro, prolongan imprudentemente su abrazo mientras en el horizonte apunta el amanecer. Es cuando Helios, el dios del sol, deja su habitación en el Olimpo para embarcarse en el largo viaje de Oriente a Occidente y uno de sus privilegios es que desde arriba puede ver todo lo que sucede en la tierra. Lo que descubre esa mañana lo sobresalta. ¡Afrodita y Ares liados en la cama de Hefestos! Como a muchos otros dioses, también a Helios le gusta la diosa y hubiese querido estar en el lugar de Ares. Se apresura a denunciar a Afrodita a su marido. Hefestos está horrorizado; ¡la pura, tierna y adorable Afrodita lo ha traicionado! Entre la rabia y la vergüenza, maquina un plan para vengarse, un plan tan astuto como perverso. Esa misma noche, en su taller, con todo su arte, Hefestos forja en bronce una red de caza de malla tan fina que no sólo es invisible a simple vista, sino también imposible de romper. Entonces, un día en que Afrodita está ausente, entra en su habitación y sujeta la malla a las columnas de su cama. Tras comprobar que la trampa está bien colocada, hace saber a todo el mundo que sale para un viaje muy largo. Como había previsto, la infiel no se ofrece a acompañarlo. Lo besa con ternura, lo ve marchar diciéndole adiós con la mano y, tan pronto como se ha ido, estalla de alegría. Esa misma noche Afrodita y Ares, demasiado felices, dan rienda suelta a su pasión. Pero Hefesto no se ha ido. A la vista de su esposa, que se entrega a su amante sin ninguna modestia, siente un nudo en la garganta. La mano le tiembla, mientras se pregunta si tendrá fuerzas para activar la trampa. La red cae y envuelve a los amantes. Helos ahí atrapados en la malla de bronce, luchan, entran en pánico. Hefesto entonces convoca a los olímpicos e invita a todos a ver el adulterio y su deshonra. Los dioses, regocijados, se apresuran a acudir a la forja. Hay que decir que Ares y Afrodita, enredados en su red, ofrecen un espectáculo de lo más humillante. Los dioses se burlan, es un jolgorio. Apolo da con el codo a Hermes y le susurra, admite que no serías infeliz por estar en el lugar de Ares. Por supuesto, Hermes responde, e incluso aunque hubiera tres redes. Poseidón, que no pierde nada de la escena, se siente igualmente cautivado por el cuerpo desnudo de Afrodita. Pretende compadecer a Hefestos e interviene con él para que deje libres a los amantes. Hefestos acepta con la condición de que ambos sean exiliados del Olimpo, y advierte enfurruñado que si no cumplen su compromiso, será el propio Poseidón quien ocupe su lugar bajo la red. Zeus ansioso por poner fin a lo que considera un asunto ridículo, acepta la propuesta de su hermano Poseidón. Se despacha el caso. Ares, liberado, se exilia en Tracia; En cuanto a Afrodita, la desventura que acaba de sucederle no parece molestarle demasiado. (Continuará)






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