Pensamientos

25 de agosto de 2019, la diosa Afrodita (final).

lunes 16 septiembre 2019

A su vez libre, decide volver a Chipre, mas antes de irse, halagada por cómo la mira Hermes, se entrega a él toda una noche; de su unión nacerá un ser bisexuado, mitad hombre, mitad mujer, un hermafrodita. Pero ha sido humillada y se propone vengarse; los dioses se han burlado de ella, los dioses lo pagarán. En el Olimpo, Afrodita siembra por todas partes la infidelidad, destroza los corazones, rompe las parejas y no vacila a la hora de privar a unos de amor o por el contrario a volver a otros locos de deseo. Mas un día ella misma cae presa del amor. Un encuentro imprevisto le cambia la vida para siempre. La hija del rey de Chipre, una joven llamada Mirra, se cree tan bella que ya le parece inútil venerar a Afrodita. Herida en lo vivo, la diosa de la belleza decide castigar semejante blasfemia. Para ello inspira a la insolente Mirra un amor irresistible por su propio padre. Loca de deseo, Mirra se introduce una noche en el lecho de su padre. La unión dura doce noches y doce días en los cuales el padre, cegado por Afrodita, no reconoce a su hija. La mañana del día decimotercero, descubre con espanto la trampa en que ha caído. Desenfunda su espada y ruega a los dioses le perdonen lo que está a punto de hacer, matar a su hija y suicidarse después, para borrar así la mancha infamante que ha deshonrado su casa. Asustada, Mirra huye. Corre y corre hasta el bosque, pero su padre, pese a su avanzada edad, corre más que ella y la alcanza. Viéndose perdida, Mirra se deja caer en el suelo e implora a Zeus que la socorra. El rey de los dioses, conmovido por sus súplicas, atiende a sus ruegos y la transforma en un árbol allí mismo; pero aun así, Mirra sigue llorando y sus lágrimas se convierten en un tesoro, un tesoro precioso, un bálsamo de incorruptibilidad, la mirra. Nueve meses más tarde, el árbol se hiende en dos y de la brecha surge un niño espléndido, Adonis. Afrodita ve el nacimiento prodigioso. Este niño, Adonis, es una pura maravilla, Afrodita se inflama de pasión por él, Adonis será su amante, será de ella y de nadie más. Pero mientras espera a que crezca, habrá que ponerlo al abrigo de las otras mortales, qué digo, de las otras diosas también. Afrodita confecciona con gran cuidado una amplia cuna que decora con flores, pone en ella al bebé y va en busca de la reina de los infiernos, Perséfone, para confiárselo. Piensa  que bajo tierra el niño no corre el riesgo de que lo seduzcan; Y cuando haya alcanzado la edad de los primeros amores, ella no tendrá otra cosa que hacer que venir a buscarlo. Pero a la vista del niño, también Perséfone se siente turbada, tan turbada que decide quedárselo para ella misma. Lo educa entre mimos y caricias con un amor bastante más que maternal. Pasan los años. Afrodita regresa a ver a Perséfone y, como habían convenido, le reclama Adonis que, mientras tanto, se ha convertido en un joven soberbio. Perséfone se niega a entregárselo, Afrodita protesta. Zeus, atraído por los gritos de las diosas, decide intervenir; ya que ninguna de las dos quiere ceder, él corta por lo sano: Adonis vivirá con Perséfone el primer tercio del año; vivirá con Afrodita el segundo y se reservará el tercero para hacer lo que le plazca. Perséfone pone una condición: ante Adonis, Afrodita  no llevará en ningún caso el cinturón mágico que la vuelve irresistible. Afrodita finge estar de acuerdo. Evidentemente, desde el primer día, se pone el cinturón; Adonis queda embrujado, no ve a otra que Afrodita, sólo sueña con ella, no pronuncia otro nombre que el suyo y decide pasar con ella el tercio del año que le corresponde. Perséfone se enfada. ¿Han querido engañarla? Vale, se vengará en Adonis. Viaja a Tracia y va en busca de Ares, el dios fogoso y colérico que en el pasado fue amante de Afrodita. Le dice que su bella ex pareja ahora le prefiere un simple mortal y, por si fuera poco, añade, un mortal afeminado. Herido en su amor propio, Ares monta en cólera. ¡Un mortal! sólo eso faltaba. Al día siguiente, cuando Adonis pasea tranquilo por un ameno bosquecillo,  ve echársele encima un enorme jabalí furioso. Es Ares disfrazado. Adonis intenta evitarlo, pero no lo consigue. Golpeado de lleno, se desploma en el suelo. Afrodita lo ha visto. Demasiado tarde, Adonis ha muerto. Perséfone, la reina de los infiernos, la ha derrotado; a partir de ahora Adonis reposará junto a ella hasta el fin de los tiempos. Afrodita no se repondrá nunca de la pérdida de su primer y último amor; llevará luto por él toda la eternidad. Si ni hombres ni dioses resisten a sus encantos, las diosas, ellas, no comparten semejante entusiasmo y la conducta de ella las incomoda. También están celosas, no se puede decir que la quieran. Un día estalla la guerra. Cuando los dioses están en el Olimpo compartiendo un banquete, Eris, diosa de la discordia a la que nadie  ha convidado porque no crea más que problemas, irrumpe de pronto en la sala y lanza en medio de la mesa una manzana de oro. En ella hay inscrita una curiosa expresión: para la más bella. Como era de esperar, todos miran a Afrodita, que se dispone a levantarse y coger la fruta; pero he aquí que otras dos diosas se adelantan y la reclaman, Hera, la esposa de Zeus, y Atenea, su hija. De las tres diosas ¿cuál será proclamada la más hermosa? Zeus, prudente como de costumbre, decide que no será un dios, sino un mortal, quien haga de árbitro. Eligen a Paris, hijo de Príamo, el rey de Troya. Hermes conduce a las tres diosas al monte Ida donde el joven Paris cuida sus rebaños. Se lo urge a decir cuál de las tres diosas, Afrodita, Hera o Atenea, merece se la considere reina de la belleza. Perplejo Paris se confiesa incapaz de decidir. Hera se dirige a él y le dice que si la escoge a ella, le dará un reino como no ha habido otro igual en la tierra; él será el rey más poderoso jamás conocido. Paris, entusiasmado, está a punto de entregarle la manzana cuando Atenea se adelanta y le promete que, si la escoge a ella, lo hará invencible en el combate y él será el mayor héroe que haya habido nunca en la tierra. De nuevo Paris, encantado, está a punto de declararla la más hermosa cuando Afrodita le dice con voz melosa que si le da el triunfo a ella, conseguirá la mano de la mujer a la que ama, la bella Helena de Esparta, hoy prometida a otro; él será el mayor amante que hayan conocido los tiempos. Esta vez, sin vacilar, Paris le alarga la manzana. Lo prometido es deuda. Afrodita se quita el cinturón que vuelve irresistible a todo aquel que lo lleva y se lo entrega. Luego lo acompaña a Esparta donde inspira a la bella Helena una pasión ardiente por el joven; aquel mismo día él la rapta. Ninguno de ellos sabe aún que la elección de Paris dará lugar a una guerra que durará diez años, la guerra de Troya. Una guerra, sí, pero curiosamente debida al amor. Solo una diosa como Afrodita era capaz de desencadenar una guerra semejante; durante el enfrentamiento, griegos y troyanos rivalizarán en bravura, pero también en imaginación; sin saberlo, pondrán de manifiesto el mayor poder de la diosa, hacer creer a los hombres que en cierta manera son como dioses.






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