Pensamientos

28 de septiembre de 2019, Orfeo, el amor imposible.

sábado 28 septiembre 2019

Érase una vez un músico. Se decía que su voz poseía un poder increíble, era dulce como la miel, cálida como la felicidad, firme como el metal más sólido, enternecía los corazones de los mortales, incluso de los hombres más duros. A Orfeo le bastaba con acariciar las cuerdas de su lira y el lobo caminaba al lado del cordero, el zorro acompañaba a la liebre. A su paso, los ríos cambiaban su curso para escucharlo, las piedras y las rocas, sacudidos en lo más profundo, se alzaban del suelo. Incluso se dice que algunas noches, los dioses, maravillados, se inclinaban desde lo alto del Olimpo para escuchar mejor su canto. Sin embargo, Orfeo no es exactamente un dios, digámoslo, es un semi dios, el hijo de la Musa Calíope, la musa de la poesía y la elocuencia, cierto, pero también de un hombre mortal, Eagro, el rey de la Tracia. Al nacer, Apolo, dios de la luz, protector de los poetas, dejó una lira al pie de su cuna, pero no cualquier lira, una lira mágica, embrujada, de nueve cuerdas, en homenaje a las nueve Musas. Un gesto suficiente para que corra un rumor sobre el recién nacido. ¿Y si fuera hijo de Apolo mismo? Las Musas lo crían, todas ellas, y le enseñan a jugar, escribir, componer, cantar. Orfeo aprende rápidamente. Cuando niño, hacía bailar incluso a los árboles de los bosques primitivos, los viejos robles de Grecia todavía lo recuerdan y algunos de ellos han quedado inmovilizados en su última danza. Esos cantos irresistibles celebran el nacimiento del mundo, el origen de los dioses y los hombres, despojan a la humanidad de su parte animal para llevarla a una vida más amable y civilizada. Orfeo creció y con él su talento. Pero al joven le gusta la aventura, sueña con viajar y realizar fabulosas hazañas. Entonces se va por los caminos. Donde quiera que vaya, hombres y mujeres lo adoran, lo reciben con guirnaldas de flores, lo aclaman. Una mañana, cuando entra en Tesalia, se entera de que Jasón prepara una expedición en busca de un objeto extraordinario, el vellocino de oro. Este vellocino es en realidad la piel de un carnero alado, Crisomalos. Durante años, ha estado colgado de un roble en un bosque sagrado en algún lugar del fin del mundo en la Cólquida. La historia de este pellejo lo fascina y se compromete a escribir una canción. ¿Cómo llegó este misterioso objeto, el vellocino de oro, al fin del mundo, tan lejos de Grecia? Le cuentan la historia. No ha sido el resultado de un conflicto familiar banal. Un hermano y una hermana, Frixos y Helle, eran víctimas de la venganza de su suegra, la horrible Maratre. Celosa de los hijos habidos en su primer matrimonio, quería deshacerse de ellos haciendo que su propio padre los matara. Para escapar de ella, los dos niños, Frixos y Helle, rogaron a Zeus que los salvara. Conmovido, el señor del Olimpo accedió a sus ruegos y les prestó su carnero alado de vellones dorados y cuernos de oro, el carnero Crisomalos. Los dos niños lo montaron y volaron a la Cólquida. Por desgracia, durante el viaje, Helle, demasiado curiosa, se inclinó demasiado y cayó al mar, justo a la entrada del Ponto Euxino que ahora lleva su nombre, Helesponto. Una vez en Cólquida, Frixos sacrificó el carnero a Zeus y colgó su pellejo de un roble sagrado. Recuperarlo hubiera sido fácil si el rey del país no hubiera confiado su custodia a un temible dragón, un monstruoso animal que echaba fuego por la boca y abrasaba a quien se atreviese a acercarse. ¿Qué le importa a Jason el dragón u otras criaturas infernales? Tiene veinte años y a esa edad se desconoce el miedo; nada le impedirá recuperar este objeto mítico, porque un reino está en juego, y no cualquier reino: el suyo. Si se hace con el vellocino de oro, gana un trono. Él sabe que todos los que se arriesgaron, perdieron la vida. Es un viaje terrible, lleno de dificultades. Orfeo, aunque informado de los peligros, quiere acompañar a Jasón. Jasón duda. ¿De qué le sirve un músico? Peor aún, un poeta; necesita un soldado o un marinero experimentado. Orfeo insiste. Con su lira, promete, regalo del dios Apolo, aliviará el esfuerzo de los remeros; sus poemas inflamarán los corazones de sus compañeros cuando se sientan desanimados. Jasón está de acuerdo, solo queda encontrar un barco, será el Argos, llamado así por el nombre de quien lo ha construido. Argos, una nave enorme, la tripulación está compuesta de la élite de los héroes y los príncipes llegados de toda Grecia para participar en la gran aventura. Jasón elige cincuenta y dos, los argonautas. Comienza el gran viaje, un viaje que podría haber sido sin retorno si Orfeo no hubiera estado allí. Todos los que lo lograron lo recuerdan y todos han guardado en su memoria el papel del músico prodigio. Desde el principio al fin, Orfeo amansa las olas con sus canciones, calma las riñas de la tripulación, marca el ritmo de los remeros y encuentra las palabras para galvanizarlos. Con su sola mirada, Orfeo logra hacer retroceder las rocas cuando avanzaban amenazando destrozar el barco. Encanta al terrible dragón, guardián del vellocino de oro; pero hay mucho más, a la vuelta, cuando ya casi oscurere, el Argos llega a las orillas de una isla desconocida, el viento se ha levantado, el mar comienza a agitarse, de pronto, un enjambre de hermosas y sublimes jóvenes emerge del agua, comienzan a nadar lánguidamente alrededor del barco, luego empiezan a cantar una canción extraña, una especie de melodía lenta y triste, y su canción se eleva y llega hasta el cielo y las estrellas que empiezan a aparecer, pronto vemos a los marineros embrujados, listos a lanzarse al mar para unirse a estas criaturas demoníacas: son las sirenas. Bajo su apariencia seductora, las sirenas son seres malvados, mitad mujer, mitad pez; vivirán mientras consigan con su canto impedir que los mortales continúen su viaje. Orfeo interviene. Agarrando su lira, comienza una canción tan maravillosa, una canción tan pura que cubre la de las sirenas. Sin poder creerlo, las sirenas enmudecen y desaparecen. Argos se salva. Se dice que, desesperadas por haber sido derrotadas, las sirenas se suicidaron. Sin embargo, al menos dos de ellas todavía están allí, algunas generaciones más tarde, cuando Ulises pasa de vuelta de la guerra de Troya. Completada la epopeya del vellocino de oro, Orfeo comienza un nuevo viaje, se va a Egipto, donde lo reciben los sacerdotes de Memfis, se quedará allí veinte años. En Egipto, Orfeo descubre nuevos ritos de iniciación. Acepta nuevas deidades sin por ello renegar de las del Olimpo. Con sus conocimientos recientes, Orfeo inspira una nueva tendencia, casi religiosa, recomienda a sus seguidores, cada vez más numerosos, que no se alimenten ya de carne. Para los dioses, esta invitación es una verdadera provocación. Antes, Prometeo, el rebelde Titán, había condenado a la especie humana a comer carne para sobrevivir; había librado del hambre y la muerte a la humanidad. Al negarse a alimentarse de animales muertos, Orfeo pone todo en peligro y, al mismo tiempo, el sistema político y religioso establecido por Zeus y Prometeo. Está a punto de acabar con cierto tipo de comunicación vigente hasta entonces entre hombres y dioses.






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