Pensamientos

29 de septiembre de 2019, Orfeo, el amor imposible (termina).

lunes 30 septiembre 2019

  Pero su destino se aclara cuando conoce a la bella Eurídice. Una mañana, camina por un bosque, brilla el sol, el cielo es de un purísimo azul. Encuentra a Eurídice, una dríada, las ninfas que viven en los bosques entre los árboles. Orfeo, a quien hasta entonces casi todas las mujeres habían dejado frío, se siente de pronto arrebatado. Eurídice es la mujer con la que ha soñado toda su vida. Es su doble, la encarnación de sus sueños más queridos, la canción que nunca cantó. Cuando Orfeo le pide que se case con él, Eurídice no duda, acepta sin vacilar. El día de la boda, Orfeo ha invitado a todos los dioses, todos están presentes, pero durante la fiesta se produce algo muy extraño, algo que nadie nota. Aunque no hay ni un ligero soplo de viento, la antorcha del dios Himeneo, el dios que vela por el buen funcionamiento del matrimonio, comienza a vacilar, a temblar, y termina apagándose. Es un mal augurio. Pasan los meses, Orfeo y Eurídice viven un amor sin nubes, hasta el día en que estalla el terrible drama. Sentado a la sombra de un gran roble, Orfeo compone un poema. Cerca, las ninfas bailan en el prado, son momentos de felicidad y despreocupación. Eurídice se aleja atraída por el murmullo del agua de un río que corre cerca. Pasan unos minutos, entra en un prado que el sol calienta, se tiende entre las anémonas. Tan pronto se queda dormida, aparece un joven pastor. Se llama Aristeo, la belleza de Eurídice lo deslumbra inmediatamente, da unos pasos, se inclina sobre ella para contemplarla mejor, mientras trata de abrazarla, Eurídice se despierta y grita. Enloquecida, se endereza y corre a través de los campos. Corre y corre y en su apuro loco, no ve a la serpiente que se arrastra por el camino. Veloz como un rayo, el reptil salta y le muerde el tobillo. Eurídice se tambalea y se derrumba en la hierba. Cuando Orfeo la encuentra, Eurídice ya está muerta. El grito de dolor de Orfeo hizo huir a las ninfas y temblar a los árboles. Loco de desesperación, Orfeo no puede hacerse a la idea de perder el ser que más ama en el mundo. Ya que la muerte le ha arrebatado a Eurídice, él se la arrebatará a la muerte. Orfeo se atreve a lo que ningún mortal antes que él haya hecho, descender al infierno, ese lugar del que nadie ha regresado jamás. Orfeo toma su lira y se pone en camino. Cruza paisajes desolados y sombríos, llanuras infectas pobladas de fumarolas, pasa por lagos profundos en los que burbujea el azufre y llega, no sin dificultad, a los fétidos pantanos del Aqueronte, que desemboca en la temible laguna Estigia. Allí, en la oscuridad, Orfeo ve la barca del dios Caronte viniendo hacia él. Ante el inflexible barquero de la Estigia, después ante el Can Cerbero, el perro de tres cabezas que custodia la puerta del infierno, Orfeo comienza a cantar. Una canción tan hermosa, perfecta y conmovedora que Caronte y Cerbero, subyugados, acuerdan dejarlo entrar. Orfeo penetra aún más hondo en el reino de los muertos. Llega ante el amo del inframundo, el todopoderoso Hades, y su esposa, la reina Perséfone. Humildemente, se inclina ante ellos, luego pulsa de nuevo las cuerdas de su lira y canta la canción de su pesar. Sus ojos grandes y tristes miran a Perséfone, cuya dolorosa historia conoce. Después de todo, también ella había sufrido la cruel separación cuando Hades la había separado de su madre para llevarla con él al inframundo. Cuando oyen el lamento de Orfeo, todos los condenados del Tártaro se sienten de pronto sobrecogidos. Las Danaides dejan de llenar su ánfora sin fondo, Sísifo se detiene junto a su roca, Tántalo incluso renuncia a alcanzar el agua que le huye y la rueda de Ixion interrumpe su curso infinito. Todo en este mundo de piedra y desolación parece penetrado por la canción del poeta. Hades y Perséfone se conmueven hasta las lágrimas. Sea, dice Hades, puedes recuperar a Eurídice, pero con una condición, que es la ley de este reino, debes preceder a tu esposa en los tres caminos que conducen a la superficie y nunca darte la vuelta para mirarla. Nunca, no hasta que hayas alcanzado la luz del sol. Orfeo, loco de alegría, acepta. Y ahí es donde todo va a cambiar. Orfeo retoma el camino por el que ha venido, camina, unos pasos detrás de él lo sigue Eurídice, caminan sin mirar atrés, uno tras otro, a través de un silencio que ningún sonido turba. Orfeo y Eurídice caminan, por un sendero abrupto entre matojos, gatean, atraviesan abismos, el vacío bajo sus pies, una espesa niebla los envuelve, bordean precipicios aterradores, la salida está cerca, unos pasos más y alcanzarán a ver los primeros resplandores de la luz del día. Y en ese mismo momento, ya casi en la meta, Orfeo se da la vuelta y hunde su mirada en los ojos de Eurídice. Inmediatamente Eurídice, la infeliz Eurídice, retrocede asustada, sus brazos se tienden desesperadamente hacia Orfeo para que la sostenga, pero es demasiado tarde, Eurídice solloza, unas manos invisibles la agarran y desaparece tragada por la oscuridad. Orfeo se precipita, se sumerge en la noche sin fondo y se lanza a los pies del soberano y su reina, les implora, en vano. Es imposible, responde Hades, esta vez no podemos hacer nada por ti. Y Orfeo vuelve a la superficie. ¿Qué locura hizo que Orfeo sucumbiera a la tentación de mirar a Eurídice? ¿Por qué? Es un enigma nunca aclarado. Pero da fe de las dificultades que a veces enfrentan los mortales. Cuando todo parece ganado, cuando las pruebas más difíciles parecen superadas y sólo queda un pequeño obstáculo, banal, inocuo, el vértigo prevalece y todo cambia. Orfeo representa así nuestros encuentros fallidos, los amores o amistades que hemos dejado escapar. Cuando regresa del inframundo, Orfeo, el luminoso Orfeo, un músico genial, poeta sin igual, parece un espectro, está inconsolable, decide exiliarse del mundo y vivir como un ermitaño por el resto de su vida. Con el corazón oprimido y el alma en los labios, Orfeo pasa sus noches mirando las estrellas, buscando una señal que nunca llega. Una tristeza infinita lo consume, sólo compone melodías desgarradoras e himnos melancólicos. Un día, porque se niega a cantar y bailar con ellas, las ménades, el desencadenado cortejo de Dionisio, se apoderan de él. Estas mujeres poseídas, adoradoras del dios Dionisio, que ya no soportan sus lamentaciones, estas mujeres locas lo cortan en pedazos. Furiosas de rabia, las ménades cortan la cabeza de Orfeo y la lanzan al gran río. Y allí, cosa extraordinaria, se ve la cabeza decapitada del infortunado Orfeo flotar y seguir cantando el lamento de sus amores perdidos mientras la corriente la lleva al mar hasta la isla de Lesbos. Al saber la muerte de Orfeo, los animales en el fondo del bosque lloraron, los pájaros, afligidos, dejaron de cantar, los grandes robles y los poderosos tilos perdieron su follaje y se lamentaron mientras los ríos y torrentes se desbordaban bajo el peso de sus lágrimas. En cuanto a las musas, que le permanecieron fieles, recogieron los trozos dispersos de Orfeo y los enterraron al pie del Monte Olimpo. Entregaron a Zeus la lira del poeta. Zeus la tomó y la colocó cerca de sí, en medio del cielo estrellado, para honrar la memoria de este infeliz amante y restablecer la armonía del universo. Del instrumento mágico de Orfeo, donde su alma y su espíritu todavía están encarnados, nació una constelación que se puede contemplar ciertas noches cuando la oscuridad es profunda, la constelación de la lira.   






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