Pensamientos

2 de noviembre de 2019, Antigona, la que dijo ‘no’.

sábado 02 noviembre 2019

He ahí el que era una estrella, el rey majestuoso que reinó sobre Tebas, el mortal que triunfó sobre la Esfinge de enigmas insondables, Edipo, el parricida, el incestuoso, al que toda Grecia veneraba por su sabiduría, pero que era sólo un misterio indescifrable. Camina, enviado al exilio, proscrito. Sólo Antígona, su hija mayor, lo acompaña. Antígona, seria tanto como triste, mantiene alta la cabeza, sin prestar atención a los insultos que los dos reciben. Caminan juntos, el ciego guiado por una virgen, y cuando se los ve, pareciera que un hombre muerto ha vuelto del más allá. La suma sacerdotisa de Delfos había predicho un día a Edipo el más terrible y lamentable de los destinos: matarás a tu padre y te acostarás con tu propia madre. Toda su vida, el hombre que llegó a ser rey de Tebas, se había esforzado en desmentir el oráculo. Pero finalmente la verdad se había impuesto. Sí, sin saberlo, Edipo había asesinado a su padre y luego se había casado con su propia madre. De esta unión incestuosa nacieron cuatro hijos, dos niños, Eteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene. Al descubrir la terrible verdad, su madre, ahora su esposa, la desafortunada Yocasta, se había ahorcado. Roto, Edipo había tomado los broches de oro que adornaban la ropa de su madre y se había perforado los ojos. Por lo tanto, ya no vería el día, ni la noche, ni la gente. El trono de Tebas estaba vacante. Los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, aún eran niños, no estaban en la edad de gobernar, así que su tío, Creonte, asumió la regencia. Creonte se negó a perseguir a Edipo, porque creía que al privarse de la visión el desafortunado había pagado su deuda lo suficiente. La decisión disgustó a Eteocles y a Polinices, llegados ya a la adolescencia, luchadores y orgullosos. Furiosos por haberse convertido en la verguenza de Tebas, se apoderaron de Edipo y lo encerraron en una prisión del palacio. Peor aún, proclamaron la muerte de su padre y exigieron el poder. Para mayor desgracia y vergüenza, a ese acto se añadió la traición. Edipo advirtió a sus hijos: si no honraban a su padre, si desafiaban al destino y los dioses humillando al autor de sus días, tendrían que compartir el reino espada en mano. Eteocles y Polinices no quisieron saber nada de sus maldiciones, al contrario, expulsaron de Tebas a su padre. Desde ese día, envuelto en su desgracia como en una mortaja, Edipo vaga del brazo de su hija. A lo largo de los caminos, el anciano se apoya en la joven. Ella sabe desde una edad temprana que uno nunca debe rendirse, nunca ceder a los golpes del destino. Acosados, llegan no muy lejos de Atenas, a la entrada de un pequeño pueblo llamado Colona, donde, según había predicho un oráculo, Edipo encontraría descanso. Alguien les ofrece cobijo, ya era hora, Edipo está agotado, Antígona yace a su lado y lo rodea con sus brazos, como si de repente el padre se hubiera convertido en un niño. Pasa un año, lejos del tumulto y la confusión que reinan en Tebas. Una mañana, a las primeras luces del amanecer, alguien llama a la puerta, es Ismene, la hermana de Antígona, extremadamente excitada. Ismene le cuenta la historia de los últimos sucesos que han tenido lugar en Tebas. Eteocles y Polinices han tomado el poder, pero una sombra se proyecta sobre ellos. ¿No había predicho su padre, Edipo, que se disputarían el reino con la espada en la mano? Para huir de esta maldición, Eteocles ha encontrado el remedio, repartirse el poder, bastaría con que gobernaran un año cada uno para alejar cualquier riesgo de conflicto. Polinices estuvo de acuerdo. Y como Eteocles es el mayor, es él quien ocupa el primero el trono, tras prometer que devolverá la corona cuando llegue el momento. Respetuoso del acuerdo, Polinices halla más apropiado alejarse de Tebas mientras su hermano gobierne. Visitó la cercana ciudad de Argos, donde reina el rey Adrasto y se casó con su hija. Así se refuerza oficialmente el vínculo entre Tebas, la ciudad de Dionisio, y Argos, la ciudad del gran Perseo. El primer año acaba de terminar. Polinices regresa a Tebas para reclamar el cetro que le corresponde. Por desgracia, no ha contado con el vértigo que causa el poder, Eteocles se niega a respetar el acuerdo, olvidó el juramento. Y Polinices ha debido su salvación solamente a la huida, ya que los soldados de Eteocles se preparaban para arrestarlo y encerrarlo en una cárcel. Ismene toma aliento, trata de contener los latidos de su corazón angustiado, y reanuda la historia. Polinices galopó hasta el puerto de Argos para verse con el rey Adrasto al que pide lo ayuda para hacer valer sus derechos al trono de Tebas. Adrasto, su suegro, consiente y pone a su disposición un ejército dirigido por siete capitanes escogidos entre los que hay en la isla. Estos capitanes se llamaron los Siete contra Tebas. A su cabeza, Polinices jura derribar las murallas de la ciudad y matar al hermano que lo ha traicionado. Ismene hace una pausa antes de susurrar: a menos que Edipo, nuestro padre, acepte volver y apoye, de los dos, al hermano que considere más digno de gobernar. El viejo ciego niega débilmente con la cabeza; ¡qué sus hijos cumplan su propio destino! -dice; él, aplastado por el peso de su propio infortunio, presa de la desesperación, ya no se siente lo bastante fuerte o legitimado como para intervenir en la historia de los hombres. Lleno de dolor y remordimiento, se deja morir. De repente se abre en el suelo una gigantesca grieta y bajo los ojos asombrados de Antígona e Ismene, el desafortunado Edipo se va hundiendo lentamente hacia el mundo de los muertos. Zeus ha decidido poner fin a sus sufrimientos. Ismene estalla en lágrimas, Antígona permanece impasible. Toma la mano de su hermana, es hora de volver a Tebas. Cuando llegan a la vista de la ciudad, descubren un espectáculo aterrador. Un ejército acampa al pie de las murallas, el ejército de Polinices. Siete jefes están estacionados frente a las siete puertas de la poderosa Tebas, rodeados por un círculo de escudos brillantes, cascos metálicos y una selva de lanzas. Antígona corre a donde está Polinices, trata de razonar con él, le pide que no alce sus armas contra su hermano. Polinices se niega. Lo han traicionado, le han robado sus derechos. El culpable debe pagar y devolver el trono. Antígona corre luego al palacio en el que Eteocles se ha encerrado y le ruega que renuncie a la lucha. También Eteocles se niega. Él es el mayor de los dos, no cederá el trono. La guerra entre Eteocles y Polinices es inevitable (Continuará)






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