Pensamientos

2 de octubre de 2019, Belerofonte, el hombre que quería ser dios.

jueves 03 octubre 2019

 Todo empezó con un asesinato. Un asesinato accidental, pero un asesinato al fin. El sol se está poniendo. Hipónoo tensa su arco, no hay duda, sólo puede ser el ciervo que persigue en compañía de su hermano, Belero, desde hace dos días. Hipónoo aguanta la respiración, dispara, se oye un grito, pero no es un grito animal, sino humano. A pocos pasos de él, alguien cae al suelo, no es el ciervo, es un hombre. Hipónoo se inclina sobre él y reconoce a su hermano, Belero. Una expresión horrorizada se pinta en su rostro, está perdido, porque no sólo los hombres condenan el que mata a su hermano, sino también los dioses. A partir de ahora ya no se llamará Hipónoo, sino Belerofonte, que significa el que ha matado a Belero. Después de enterrar a su hermano, Belerofonte se arrodilla sobre la tumba y toca el suelo con la frente. ¿Qué puedo hacer para que los dioses me perdonen? Sobre todo porque allá arriba, en el Olimpo, algunos no dejarán de pensar que el crimen se veía venir, iba a suceder tarde o temprano. ¿Quién es Belerofonte, si no el nieto de un mortal, uno de los mayores criminales de todos los tiempos, Sísifo? Sísifo el astuto, Sísifo el mentiroso. Para castigarlo por sus trampas y mentiras, Zeus lo condenó a empujar una enorme roca a la cima de un monte de la que constantemente vuelve a caer. Belerofonte soñaba con aventuras. Soñaba con convertirse en el igual de los mayores héroes. Ahora todo ha terminado, sólo le queda el exilio. Belerofonte mira una última vez a losmuros de Corinto, la ciudad donde nació. Esta ciudad donde reina su padre, Glauco, la ciudad de la que es príncipe. Sabe que las puertas están ahora cerradas para él, la costumbre requiere que todo asesino sea desterrado de su ciudad, condenado a vagar hasta que otra ciudad lo acoja y un rey lo purifique ofreciéndole hospitalidad. Así que Belerofonte piensa en Preto. Preto es el tirano de Tirinto, en el Golfo de Argos. Puede que Preto sea lo bastante generoso como para acogerlo, darle la bienvenida, se dice que tiene buen corazón, que es un buen rey. Belerofonte se pone en marcha. Conmovido por el relato de la tragedia que Belerofonte le cuenta, Preto le ofrece su palacio. Lo presenta a todos los personajes de la corte, entre ellos la reina Estenebea. Sin saberlo, Preto acaba de escribir el primer acto de una tragedia aun mayor. Una noche, mientras Belerofonte duerme, la puerta se abre, una silueta cruza la habitación y se desliza en su cama, es la reina Estenebea. Belerofonte se despierta sobresaltado. La reina le declara su pasión, lo cubre de besos, lo ama, lo amó desde el primer momento. El infeliz joven está en un apuro. La reina se le acerca, trata de abrazarlo, Belerofonte se indigna, de ninguna manera traicionará la hospitalidad de Preto. Exige que Estenebea salga de la habitación y lo deje en paz. Humillada, la reina se retira, su mirada no presagia nada bueno y se puede suponer que no dejará pasar lo sucedido. Al día siguiente, acusa públicamente a Belerofonte de intentar violarla. De nada sirve que el joven lo niegue, todo está en su contra. El rey Preto se siente atrapado en uno de esos abominables dilemas que arruinan y confunden a uno. No puede pasar por alto la ofensa ni matar él mismo a su huésped, sería contrario a las leyes sagradas de la hospitalidad; si lo hiciera, atraería inmediatamente la ira de los dioses infernales. Se le ocurre una idea. Ruega a Belerofonte que lleve un mensaje a su suegro, Iobates, rey de Licia. Dichoso de salir tan bien librado a tan poca costa, el joven acepta sin hacerse rogar. No sabe que acaba de firmar su sentencia de muerte. Cuando llega a la corte del rey Iobates, lo reciben con benevolencia, los primeros nueve días transcurren entre banquetes y fiestas y sólo al décimo Iobates decide leer el mesaje que Belerofonte traía. Lo que descubre, lo sumerge en la más cruel confusión. Preto había escrito lo siguiente: ‘’Te ruego que des muerte al que porta esta carta, trató de violar a tu hija que también es mi esposa’’. Pero a su vez y por las mismas razones que su yerno, Iobates se resiste a castigar a Belerofonte, uno no puede matar a un huéped sin ofender a los dioses. Tiene que encontrar una solución. Así que encarga a Belerofonte una misión: deberá acabar con un temible monstruo que durante años ha infestado su reino, la Quimera. Era un monstruo nacido del amor de los demonios más crueles del inframundo, una criatura malvada, hija de Tifón, el último hijo de Gea, con Tártaro, el temible dios infernal, y Equidna, una monstruosa ninfa que tenía el torso de una bella mujer de temibles ojos oscuros y cuerpo de serpiente.  La Quimera tenía cabeza de cabra que exhalaba fuego, cuerpo de león y una serpiente por cola. Belerofonte lo hará. No es consciente del peligro, lo ve como una oportunidad de demostrar su valía, ha estado esperando este momento durante tanto tiempo, desde su edad más temprana sueña con convertirse en un héroe, pasar a la historia, ser objeto de leyendas, convertirse en el igual de su modelo, Perseo, ese semidiós nacido de los amores de Zeus y que había alcanzado la gloria cortando la cabeza de la terrible Medusa. Debe encontrar la manera de atacar a la Quimera sin ser devorado por sus llamas. Si trata de acercársele por detrás, seguro que lo barrerá con su gigantesca cola. Belerofonte consulta a un adivino, éste le dice que puede derrotar al monstruo sólo desde el aire, y para lograrlo sólo hay una solución, capturar y domar a Pegaso, el fabuloso caballo alado, el caballo blanco amado por las Musas y, según se dice, indomable. Capturar a Pegaso, he ahí lo que deberá hacer si quiere caminar para siempre al lado de sus héroes, el valiente Perseo, Jasón, Orfeo, Hércules. Se rrumorea, sigue diciendo el adivino, que Pegaso vive con las Musas en el Monte Hélicon. Belerofonte se dirige al lugar indicado, busca de arriba a abajo y no encuentra ni rastro del caballo. Camina por los caminos, atraviesa bosques, sin embargo, nada. Finalmente una mañana sus pasos lo llevan al templo de Atenea. Agotado, se deja caer al pie de una columna y se queda dormido. Suele suceder que cuando están dormidos, los mortales reciben mensajes de los dioses. Se le aparece Atenea, diosa de la sabiduría, que le dice: dejo aquí este regalo que te permitirá domar al divino Pegaso; una vez lo hayas conseguido, deberás dar gracias a Poseidón, su padre, levantando un templo en su honor. Y la diosa añade: encontrarás el caballo alado en la fuente de Pirene, le gusta beber allí. Cuando Belerofonte se despierta, ve el regalo, lo coge, es una brida de oro. Busca entonces el lugar indicado por la diosa, la fuente de Pirene. Es una fuente mágica que se dice brotó de las lágrimas de la hija del río Asopos cuando lloraba la muerte de su hijo asesinado sin querer por la diosa Artemisa. Atenea tenía razón, Pegaso está allí, el caballo sublime, de blancura inmaculada, parece estar esperándolo tranquilamente. Belerofonte se le acerca, le pone cuidadosamente la brida de oro y tras un breve momento de vacilación lo monta. Inmediatamente Pegaso se encabrita y con un relincho que hace temblar los árboles, se lanza al cielo. Vuela sobre las nubes, mensajero formidable. Belerofonte lo deja ir libremente. Pegaso lleva al joven protegido de la diosa a la guarida de la Quimera. Después de volar sobre montañas y valles, Pegaso traza un amplio círculo, la silueta aterradora de la Quimera acaba de aparecer. Pegaso pica directamente hacia el monstruo, Belerofonte toma su arco, coge una de sus flechas y dispara a la Quimera mientras el caballo le golpea el cráneo con las pezuñas. Por desgracia, no sirve de nada, la bestia parece indestructible, las flechas se rompen como vidrio en su caparazón. Así que, inspirado una vez más por Atenea, Belerofonte pone un pedazo de plomo en la punta de su lanza. Cuando Pegaso se precipita sobre la Quimera de nuevo, Belerofonte introduce su lanza en la boca de la vil criatura. La quimera comienza a escupir fuego, pero este fuego derrite el plomo, que fluye por su garganta y la consume desde dentro. La lucha ha terminado. Belerofonte puede regresar victorioso al palacio de Ióbates. (Continuará)






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