Pensamientos

30 de septiembre de 2019, Medea, el amor asesino.

martes 01 octubre 2019

 Por fin, la tierra está a la vista. Jasón mira a su tripulación, los marinos del Argos, los argonautas, los príncipes más valientes de toda Grecia. Entre ellos, los gemelos Castor y Polux, Hércules en persona y el gran músico Orfeo. Al igual que su jefe, se los ve emocionados, pero también aliviados por haber llegado por fin a su destino. Hay que decir que la navegación fue larga y peligrosa. Las costas de la Cólquida se acercan y se acerca también el objeto de su expedición, el famoso vellocino de oro. El vellocino de oro es el pellejo de un carnero ofrecido a Zeus en sacrificio en el pasado. Si Jasón consigue hacerse con él, al mismo tiempo se hará con su reino, el reino de Yolcos, el mismo que su tío, el pérfido Pelias, le ha usurpado. Pelias ha propuesto a su sobrino un acuerdo: el trono te pertenece, pero a condición de que me demuestres que eres digno de él; para ello deberás traerme el vellocino de oro. Jasón ha aceptado el desafío. Rodeado de sus fieles compañeros, el héroe atraviesa las dunas, más allá de ellas se encuentra el bosque sagrado donde el vellocino cuelga de un roble, pero antes de hacerse con él, Jasón deberá pedir permiso al rey de la Cólquida, Eetes, depositario del objeto mítico. Eetes ha confiado la guardia a un temible dragón que lanza fuego por la boca y abrasa a todo el que se atreve a acercársele. Pero Eetes es un personaje retorcido y malvado, disfruta malignamente matando a todos los extranjeros que entran en sus dominios. Jasón se presenta en su palacio, Al lado de Eetes está su hija, Medea, Es una joven magnífica, es además una maga, puede que la mayor de todas, mayor incluso que su tía, Circe, experta sin embargo en metamorfosis y sortilegios. Eetes escucha con atención la petición de su visitante. Si consigues salir airoso de las tres pruebas a que voy a someterte, el vellocino es tuyo. Tres pruebas, pero no de las más fáciles. Para empezar, uncir a un carro dos bueyes de cuernos y pezuñas de bronce que además echan fuego por las narices, luego obligarlos a arar una extensión de campo y sembrar en los surcos los dientes de un dragón. Una vez en tierra, de estas semillas extrañas brotarán unos guerreros temibles a los que habrás de vencer. Jasón no puede creérselo. Lo que Eetes le pide es imposible. Por otro lado, ¿dónde encontrar los dientes de un dragón? Eetes sonríe, tiende la mano abierta y le muestra un puñado de dientes de tamaño monstruoso. Aquí los tienes, le dice; te corresponde sembrarlos. Jasón abandona la sala del trono, sin saber qué pensar. Allá en lo alto, en el Olimpo, dos diosas, Hera y Atenea, la esposa y la hija de Zeus, han contemplado todo lo que ha pasado, no han perdido detalle. Y mientras Jasón se va, ellas discuten acaloradamente como harán para ayudarlo. Se les ocurre una idea. Se vuelven a Eros, el dios del amor, y le piden se las arregle para hacer que Medea, la hija del rey, se enamore perdidamente de Jasón. Eros acepta y promete incluso a las diosas que hará que el amor de Medea dure mucho tiempo. Cuando Jasón se dirige a reunirse con sus camaradas, Medea se presenta ante él. La voz febril debido a la pasión que Eros ha sabido inspirarle, la princesa y hechicera le dice que está dispuesta a ayudarlo a vencer en todas las pruebas y que ella lo protegerá. Pero también ella le pone una condición, que Jasón la lleve con él lejos de ese padre al que ella no quiere y que además se case con ella. Jasón se lo piensa. Medea es bella y lo que ella le propone, inesperado. Le jura, por todos los dioses del Olimpo, que no solo se casará con ella, sino que también le será fiel toda su vida. Entonces Medea le entrega un frasco que contiene un líquido del color de la sangre. Es tu sangre, ella te protegerá de todas las criaturas a las que tendrás que enfrentarte. A continuación le tiende una piedra, una piedra normal y corriente en todo igual a las demás y le dice, una vez que hayas sembrado los dientes de dragón y que broten ellos los temibles guerreros, lo único que tienes que hacer es lanzarla entre ellos. Fuertes pero también increíblemente estúpidos, se pelearán para apoderarse del guijarro. Jasón coge el frasco y la piedra, su lanza y su escudo y se dirige a enfrentarse con los bueyes que escupen fuego. Consigue uncirlos al carro y los obliga a abrir surcos en la tierra. Labrado el campo, como Eetes quería Jasón siembra los famosos dientes de dragón. Inmediatamente brotan de la tierra guerreros armados y encasquetados. Fuertes, pero terriblemente estúpidos, le había dicho Medea. Jasón no vacila, lanza contra el primero de ellos la piedra que la maga le había dado y las cosas pasan exactamente como ella le había dicho. Es hora de volver a ver a Eetes y reclamarle cumpla lo que prometió. Medea y él se ponen en camino. La maga se queda atrás para no despertar las sospechas de su padre. Sabe que él no tardará en descubrir que si Jasón ha tenido éxito ha sido porque alguien lo ha ayudado, y ese alguien no puede ser otro que una persona dotada de artes mágicas, o sea, su propia hija. No, responde el soberano a Jasón, no solamente él no ha tenido nunca la menor intención de entregarle el vellocino de oro, sino que, furioso al ver que su trampa no ha funcionado, amenaza a Jasón con prender fuego al Argos y masacrar a toda la tripulación. Jasón deja indeciso el palacio. Medea lo espera. ¿Qué hacer? Apoderarse del vellocino, declara la maga con decisión. Lo guarda un temible dragón. Medea tranquiliza a Jasón. No debes tener miedo, le dice. Jasón la sigue hasta el bosque sagrado. El vellocino está allí y el dragón lo vigila. Es terrible, más grande incluso que el Argos, anillos de hierro le cubren todo el cuerpo y sobre todo es invencible, inmortal. Medea se le acerca en silencio, murmura misteriosos encantos, agarra una rama de enebro, conocido por sus virtudes narcóticas, y  rocía con ella los ojos del animal. Inmediatamente el monstruo cae en un sueño profundo. El camino está libre. Jasón descuelga el vellocino. Ahora hay que apresurarse, tanto más porque Eetes, alertado, ha lanzado en su persecución a sus soldados. Medea toma entonces una extraña decisión, se apodera de su medio hermano, Apsirto, y lo arrastra con ella al barco. Tras una carrera desenfrenada, el trío llega al Argos, largan las amarras y se alejan de la costa a toda prisa. Pero la galera de Eetes los sigue, los argonautas hacen todo lo que pueden para dejarla atrás, pero la nave del rey es veloz, no tardará en alcanzarlos, entonces Medea, presa del pánico, porque si su padre la coge se lo va a hacer pasar muy mal y si coge a Jasón no vacilará en darle muerte, cosa que ella, perdidamente enamorada, no puede aceptar, hace algo inimaginable, coge una espada, agarra a su medio hermano y sin vacilar un instante lo apuñala, lo decapita, lo hace pedazos y ante la mirada horrorizada de los argonautas los echa al mar. El rey Eetes, sobrecogido, casi pierde la razón. Acaba de ver sobre las olas la cabeza decapitada de su hijo. Inmediatamente ordena detenerse y recoger los trozos de Apsirto a fin de darle digna sepultura. El Argos huye, se ha salvado. Entonces una voz poderosa se deja oír, es la de Zeus; horrorizado por lo que Medea acaba de hacer, el rey del Olimpo proclama que los dos amantes pagarán con su vida el crimen atroz que han cometido si no encuentran quien se preste a purificarlos. Pero sólo una persona podrá hacerlo, Medea lo sabe, es su tía, la poderosa hechicera Circe. Sobre ella circulan mil leyendas, todas más inquietantes unas que las otras. El Argos vira de bordo, la travesía que lo espera es larga y peligrosa, hasta la isla en la que la maga Circe habita tropezará con mil tempestades.  






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