Los pensamientos de un testigo de lo que pasa

3 de junio de 2018– La gente, el pueblo, no es culpable; lo son sus gobernantes, la clase que lo domina.

domingo 03 junio 2018

 Ningún habitante civil de Hiroshima o Nagasaki era responsable de los crímenes de su ejército y nada hubiera podido hacer para evitarlos. Arrojar sobre ellos la Bomba fue una injusticia y un crimen. Ningún alemán de Hamburgo o de Dresde era culpable de que Hitler invadiera Polonia y desatara la segunda guerra mundial. Quemarlos vivos por miles fue una injusticia y un crimen. Frente al poder de los gobernantes, el poder de engañar a los gobernados y de torturarlos para hacerse obedecer, el pueblo, la gente, es impotente. Nadie nace heroico; todos somos gente corriente que queremos vivir sin demasiado dolor. Para los gobernantes, la clase dirigente, sus pueblos, sus gentes, son un factor que no cuenta, algo despreciable, menos que nada. En su libro titulado Los últimos días, Woodward y Bernstein cita las palabras de Henry Kissinger; en una entrevista, el dirigente se refirió a los militares como "esos estúpidos y necios animales patéticos que están ahí para que se los use como peones de la política exterior”. Antes que él se había pronunciado en parecidos términos Napoleón el emperador de los franceses. De vuelta de Rusia tras la retirada catastrófica en la que su Grande Armée había muerto de hambre y de frío, se le había preguntado qué pensaba al respecto y él había respondido con frío desprecio: "¿Y qué quiere usted que me importen a mí un millón más o menos de esos desgraciados?" Y otra historia más. Cuando en Francia se propuso al emperador Napoleón III adherirse al movimiento de creación de la Cruz Roja para recoger y atender a los heridos en el campo de batalla, impulsado por un comerciante suizo al que había horrorizado lo que él había vivido en la batalla de Solferino, uno de sus cortesanos le había aconsejado no hacerlo porque según él no hacía ninguna falta, ya que el soldado que caía herido en el combate por la Patria no debía quejarse, sino sentirse agradecido por el honor y la gloria que de ese modo conseguía. Y para terminar esta lista de horrores citaré el conocido caso de la relativamente reciente guerra de Irán contra Irak en la que los ayatolas iraníes obligaban a los civiles a entrar en los campos de minas para hacerlas explotar al pisarlas y ahorrar así la vida de los soldados. Uno se entera y le cuesta creerlo. Hasta donde llega el horror.






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