Pensamientos

3 de noviembre de 2018, el accidente de la curva de la Grandeira.

lunes 05 noviembre 2018

 Como todos sabéis, los que leéis los periódicos, hace ya 4 años, el día de la fiesta del Apóstol, ocurrió en la curva de Angrois, ya llegando a Santiago, un terrible accidente, el AVE procedente de Orense descarriló y murieron 87 y quedaron maltrechos y heridos casi 200. Vale. Se nombró una comisión para estudiar lo que había pasado. Nombrar una comisión para estudiar un asunto es la mejor manera de no resolverlo, dijeron los que entienden de ello. Y hace pocos días se anuncia el cierre de los procedimientos, el carpetazo, sin que se haya llegado a ninguna conclusión. Se supone que se pretendía descubrir al responsable del accidente. Pues nada de nada. Se le sigue echando la culpa al más débil, el maquinista, que no sé si por suerte o por desgracia, sobrevivió. Culpable, el maquinista, que debió frenar y no frenó. Y tras cuatro años de deliberar y llamar a declarar y de decir una cosa y decir luego la contraria, en resumen, tras cuatro años de confusión y ruido, nada de nada, se cierra el caso y todos contentos. Pero desde el primer día yo lo tuve claro. El culpable del accidente fue el personaje que permitió la curva cerrada de Angrois a la entrada de la estación de Santiago en una vía en la que los trenes circulaban a 200 y más km por hora. Un ingeniero del ramo me dijo que en los trenes de tales velocidades está establecido como norma que en toda la extensión de trayecto no habrá curvas de menos de 7 km de radio, porque solo ellas permiten circular a tales velocidades. Y luego resulta que los responsables del proyecto autorizan una curva cerrada a la entrada de la ciudad. Ni 7 km de radio ni nada. Ya se encargará el maquinista, dijeron, de frenar de 200 a 80, cuando entre en la curva. Y como es natural y previsible, y varios conductores lo habían ya advertido y puesto en guardia al personal, dado que los maquinistas son seres de carne y hueso y no Supermán, uno de ellos, por lo que quiera que sea, no lo hizo, no frenó, y el tren se le fue de las manos. Bien. La persona que autorizó semejante curva en el trazado ¿no lo sabía? Su obligación era saberlo e impedirlo. No lo hizo, él es el culpable. ¿Por qué alguien no hizo lo obvio que había que hacer? Aquí entro yo con una suposición. Los alrededores de Santiago están muy poblados, hay casas por todos lados, si se hubiera tenido que abrir paso al nuevo tren respetando el radio de curvas establecido, habría habido que expropiar la tira de terrenos y derribar la tira de edificios, lo que siempre es aburrido y molesto. De modo que se decidió, el responsable de todo el asunto decidió dejar todo como estaba, usar lo que había y si había una curva cerrada a la entrada de la estación, pues que la hubiera, ya Dios proveería. Esta alusión a Dios la pongo yo, pues de seguro el responsable arriba citado es laico hasta las cachas y la idea de Dios ni se la pasa por la cabeza. En resumen, el que aceptó abrir la vía al nuevo tren dejando como estaba lo que había, es el primero y único responsable del terrible accidente. ¿Qué todo el asunto quedará en nada, que se nos lo hará aceptar como casual y mala suerte, que nadie pagará por lo hecho, si no es el maquinista, al que cargarán en exclusiva con todo el muerto? Se lo ve venir. Sucede siempre, alguien situado arriba comete un crimen y se desentiende, se busca un chivo expiatorio, se le hace pagar lo ocurrido, y aquí paz y luego gloria. ¡Qué sociedad! ¡Se le cae a uno el alma a los pies!

 






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