Pensamientos

3 de noviembre de 2019, Antigona, la que dijo ‘no’. (Sigue y termina).

domingo 03 noviembre 2019

  Impotente, la joven va a lo más alto de los muros de Tebas. Y allí, en una noche de terror y silencio, donde el más mínimo ruido encuentra un eco aterrador, espera a que el mundo arda en llamas. En Tebas amanece, el sol aparece en el horizonte, con el corazón oprimido, Antígona contempla un paisaje de muerte. Los dos ejércitos se embisten, los cascos empenachados y las armaduras doradas desaparecen en la refriega, Polinices y sus tropas se lanzan contra la ciudad, su asalto se estrella contra las murallas. Horas de batalla, quejas y furia sin un ganador. Así que cuando cae la noche Polinices deja las filas de los atacantes y propone a su hermano una pelea singular. Eteocles está de acuerdo, hay que acabar de una vez. Los dos hermanos se enfrentan, saltan, esquivan, golpean, y de repente Polinices se derrumba, Eteocles vence, se vuelve a los suyos y levanta el brazo en señal de victoria, pero Polinices se alza en un último esfuerzo y hunde su espada en la espalda de su hermano. Se acabó. Los dos hijos de Edipo yacen por tierra lado a lado, cada uno de ellos es el asesino del otro. Antígona ya no contiene sus lágrimas, llora, llora por el destino de su familia. Llega el momento del funeral, Creonte se acerca, el trono de Tebas le pertenece de nuevo, quiere abrir una nueva era, crear un mundo diferente fundado esta vez en principios sólidos y permanentes y para ello pondrá todo su empeño en que la tragedia que acaba de suceder no se repita jamás. Para empezar decide rendir los mayores honores a quien murió defendiendo la ciudad, Eteocles, y lo entierra en medio de una grandiosa ceremonia; ordena luego que el cadáver de Polinices sea abandonado en el campo de batalla a merced de los perros para que todos sepan la suerte que espera a quien se atreva a tomar las armas contra la ciudad. Creonte inflige a Polinices lo que para los griegos es el más terrible de todos los castigos, privar de entierro a un hombre muerto, negarle el derecho al descanso. Eliminando las ofrendas y ritos que le son debidos, se lo condena a vagar eternamente por el infra mundo sin encontrar reposo. Creonte no actúa de esta manera por maldad, no quiere mal a su sobrino Polinices, pero Polinices se atrevió a atacar a la ciudad y Creonte no puede permitirlo. La ley de Creonte es clara, todos los que amenacen a Tebas, todos los que desafíen la que él llama razón de estado, conocerán el mismo destino que Polinices. Disconforme, Antígona se lanza a sus pies, le ruega que cambie de aviso. Sabe que Eteocles era un usurpador, pero también sabe que defendió su ciudad; sabe que Polinices, incluso para hacer valer su derecho, no debería haber tomado las armas contra su ciudad. Pero condenar a un hombre al infierno es inaceptable. Sólo los dioses tienen el poder de hacerlo, no los humanos. Ante la muerte todos son iguales, y, para los dioses, es un deber sagrado rendir al difunto, cualquiera que sea su crimen, los honras fúnebres. Creonte se niega a escucharla, no quiere más guerras y enfrentamientos. Para que su pueblo y su ciudad sobrevivan, no le queda otro remedio que impresionar a sus súbditos. Polinices será un ejemplo. Antígona se levanta, mira fijamente a Creonte y le dice: no, no, no puedo aceptar esta ley, no es la ley de Zeus, es la ley de Creonte, la ley de un hombre, no la de un dios. Como hombre, como rey, Creonte puede tratar a los ciudadanos de su ciudad como crea conveniente, pero sólo cuando están vivos, no puede hacer lo mismo con sus almas cuando están muertos. Hay una ley superior a la de los hombres, una ley no escrita, si los dioses permitieron que Polinices fuera derrotado, no querían que su alma estuviera condenada a errar eternamente. Antígona se apresura a ir a casa de su hermana, le pide ayuda, aprovecharán la noche para escabullirse de los muros de Tebas sin que nadie las vea, irán a recoger los restos de Polinices y le ofrecerán el funeral que le permitirá no vagar sin fin entre las sombras. Pero Ismene se niega, teme, ellas dos son mujeres y por lo tanto están sujetas a la ley de los hombres, Ismene recuerda a Antígona el terrible destino que le espera si desafía la ley. Antígona ahora sabe que está sola. La noche llega, cubre la llanura, no se oye un ruido, a la luz de las estrellas, Antígona busca el cadáver de Polinices, lo ve al pie de un árbol, tendido sobre sus espaldas, la joven canta suavemente una canción de luto, luego, después de haber realizado los ritos sagrados, lo cubre de tierra, apenas cumplido su deber, aparecen los guardias, la detienen y la llevan ante Creonte. Antígona no se resiste, ha actuado a sabiendas y sabe bien lo que le aguarda. Una vez frente al rey, no se amilana, lo mira directamente a la cara, la frente levantada. Creonte está angustiado. Desearía no haber dictado nunca esa ley, pero había prometido el castigo más terrible a quien se atreviese a romperla por lo que Antígona debe morir. Los guardias no se atreven a tocarla. A todos impresiona su determinación. Ella los precede. Bajo la mirada consternada de los habitantes de Tebas, Antígona cruza la ciudad hasta los escalones de una tumba, la de su familia. Cruza impasible el umbral. Tras un momento de vacilación, los guardias hacen rodar la piedra que cierra la entrada, la tumba está ahora sellada. Antígona sólo tiene que esperar a que la muerte venga y la libere. Así murió ella, sepultada viva por haber obedecido principios más altos que cualquier ley, la moral. Por primera vez alguien ha plantado cara al poder absoluto, Antígona, la primera figura de la resistencia en nombre de la conciencia ha pagado con su vida su increíble audacia. En la tierra, ya nada será igual que antes, la ley de la conciencia se opone ahora a la ley de los dioses así como a la ley del estado. La libertad individual ha nacido. Poco a poco el tiempo de los mitos se irá desvaneciendo para dejar paso al de la Historia, que ya puede comenzar.






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