Pensamientos

3 de octubre de 2019, Belerofonte, el hombre que quería ser dios (termina).

viernes 04 octubre 2019

  La multitud acoge al joven como un libertador. Pero curiosamente, el rey Iobates no muestra alegrarse, no lo honra ni le agradece lo que ha hecho, incluso parece molesto. Y por una buena razón, Belerofonte debe pagar la ofensa hecha a su yerno y su hija. Por lo tanto, pide a Belerofonte que vaya a luchar contra unos guerreros feroces, los sólimos, un pueblo conocido por su crueldad y salvajismo. El joven se va, nada parece asustarlo ya que logró lo impensable, matar a la Quimera. Una vez más, con la ayuda del fiel Pegaso, Belerofonte logra exterminar a los bárbaros, se retira dejando tras él un montón de ruinas y cientos de cadáveres. El rey Ióbates ya no sabe qué hacer, incluso empieza a preguntarse acerca de los verdaderos orígenes de este joven; es el hijo de Glauco, cierto, pero algunos sugieren que su verdadero padre es Poseidón, el amo de los mares y océanos. Por lo tanto, Belerofonte sería de naturaleza divina. De todos modos, tiene que morir. Tan pronto como vuelve al palacio, Ióbates lo manda a luchar contra las amazonas. Las amazonas son mujeres terribles, guerreras que aterrorizan a la población y sobre las que corren las peores leyendas. Se dice que, descendientes de Ares, el dios de la guerra y la ninfa Harmonía, las amazonas matan a sus hijos varones cuando nacen o los vuelven ciegos o cojos para luego usarlos como sirvientes. También se dice que se cortan el pecho derecho para mejor tirar con el arco y que son casi invencibles en combate. Todo esto no asusta a Belerofonte lo más mínimo. Montando el Pegaso de nuevo, acaba fácilmente con las Amazonas. A su regreso el pueblo de Licia está que delira, los elogios brotan de todos los labios, sólo Ióbates está disgustado. El rey no sólo no expresa agradecimiento, sino que esta vez envía a sus mejores soldados con órdenes de arrestarlo y eliminarlo. Es demasiado, Belerofonte mata a todos los soldados del rey y se apresura a volver con la firme intención de exigir una explicación. Ióbates se rinde, ahora está convencido de que Preto debe de haberse equivocado sobre el intento de violación de su hija. Muestra a Belerofonte el mensaje que pide su muerte y se inclina ante él con humildad. Belerofonte es bendecido, el que sabe montar el indomable Pegaso, el que ha derrotado a la Quimera, acabado con los sólimos y vencido a las amazonas, sólo puede ser hijo de un dios. Por sus venas corre, sin duda, la noble y poderosa sangre del divino Poseidón. Ióbates van más allá; para demostrarle su admiración, le ofrece en matrimonio su propia hija, Filónoe, y lo nombra su sucesor. La noticia se extiende inmediatamente por toda Grecia, Belerofonte es de hecho un semidiós, el hijo del dios Poseidón, el hermano del gran Pegaso. Belerofonte acoge esta devoción con satisfacción y también con una cierta desconfianza. Ha conseguido lo que quería, su orgullo está satisfecho. Pero, sin embargo, es necesario que Estenebea, la reina traicionera que lo ha acusado injustamente de violación, sea castigada, y Pegaso se encargará de ello. Pegaso vuela a Tirinto, donde la reina, al enterarse del fracaso de su maquinación, ha decidido huir. Al anochecer, sale del palacio. Llega entonces Pegaso y se ofrece a llevarla sobre su grupa. Estenebea acepta. Pegaso la lleva hasta el mar, pero una vez sobre las olas, se encabrita. La reina, angustiada, trata de aferrarse a las crines, pero Pegaso relincha y patalea y esta vez Estenebea se cae sin remedio. Belerofonte finalmente está satisfecho. Su esposa, la hija del rey Ióbates, le ha dado tres hijos, Laodamío, Isandro e Hipóloco, ahora gobierna sobre Licia, sin embargo, cometerá un error, un error fatal. Cuanto más se atribuye sus hazañas a su parentesco con Poseidón, más se siente menospreciado, humillado; termina odiando a este padre divino que se le impone y que le impide ser reconocido por lo que es. Por otro lado, no cree una palabra de estas fábulas, su padre no es, nunca ha sido un dios, ya sea Poseidón, Apolo o Zeus, su padre es Glaucos, un mortal, y él, Belerofonte, debe sus éxitos sólo a sí mismo, a su valor. Para que todo lo sepan, empieza a proclamar, alto y claro, que los dioses no se ocupan de los asuntos de los hombres, que todo esto es sólo superstición vana, los dioses no entran para nada en su glorioso destino, él, Belerofonte, hijo de un mortal , es tan fuerte y valiente como ellos. Los sacerdotes tratan de calmarlo, le ruegan que se desdiga de estas palabras blasfemas, Belerofonte se enfurece, se apodera de una maza y derriba una por una las columnas del templo de Poseidón. Los dioses no son nada, repite, he triunfado solo, solo, ¿me oís? Solo. En su furia, Belerofonte concibe un nuevo proyecto, un proyecto loco entre todos. Ya que se lo honra como a un dios, entonces su lugar está entre los dioses, en el Olimpo, con los inmortales. Cabalga a Pegaso y se eleva en el cielo hacia el Olimpo. Este será su último viaje. Los dioses aceptan de buena gana a héroes, pero con la condición de que acepten no cruzar los límites impuestos a los humanos. Tan pronto como Pegaso alza el vuelo, Zeus sale de su palacio. Observa con atención este caballo que vuela hacia él. Con un chasquido de dedos hace aparecer un tábano y lo lanza contra el magnífico e invencible caballo blanco. El divino Pegaso, atacado por el tábano de Zeus, se encabrita, gira sobre sí mismo, patea en el aire y arroja a Belerofonte por encima de sus orejsd. La caída es vertiginosa, el choque, terrible. Belerofonte se estrella contra un arbusto espinoso que le perfora los ojos. Se cree muerto, pero no lo está. Zeus no lo quiere. El rey de los dioses cree que la muerte sería muy poco castigo del pecado de orgullo que Belerofonte ha cometido. Cuando el joven se levanta, está ciego y boxea, está angustiado, demacrado, camina por el primer camino que se abre ante él. Nadie sabe adónde fue ni cómo terminó su vida. Fue olvidado y hasta hoy nadie ha oído hablar de aquel que quería a toda costa que se lo recordase como a un héroe y se atrevió a decirse el igual de los dioses.






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