Pensamientos

5 de agosto de 2019, Los amores de Zeus. (Termina).

sábado 10 agosto 2019

 Las Musas pasan su tiempo entre el Olimpo, donde celebran las hazañas de los dioses, y el monte Helicón, en el que corre – según se dice – una fuente en cuya agua los poetas hallan su inspiración. Entre todas las divinidades hay una cuya belleza es tan misteriosa como insuperable, la diosa de la Noche, Leto. Zeus siempre la ha deseado, y quiere un niño, un niño hermoso, un niño magnífico que será el dios de la luz del sol, el dios de la música y la poesía. La diosa de la Noche se lo dará. ¿Ha olvidado a Hera, su esposa, tan celosa como vengativa? Leto es una amante a la que Zeus honra regularmente. Pronto está embarazada de gemelos. Pero la reina del Olimpo, exasperada por esta nueva traición de Zeus, lanza tras la infortunada Leto un monstruo surgido de lo más hondo de la tierra, la serpiente Pitón. Hera decreta, además, que Leto no hallará descanso bajo el sol. He aquí pues a la infeliz obligada a vagar por Grecia, el caso es que presa ya de los primeros dolores llega a una pequeña isla del mar Egeo que se presta a darle asilo. Allí parirá a una niña, Artemisa, y a un niño, Apolo. Pero Zeus no se enamora solamente de las diosas; también las mujeres, las mujeres mortales hacen latir el corazón del dios de los dioses. Y es un problema, en primer lugar porque no está en el orden de las cosas que los dioses y los mortales se mezclen; en segundo lugar porque los simples mortales no pueden contemplar a un dios bajo su apariencia divina. Zeus se enamora apasionadamente de una mujer mortal, es la hija del rey de Tebas, se llama Sémele. Para obtener sus favores, Zeus no tiene más remedio que vestirse de Príncipe Encantador. Sólo bajo esta apariencia, la vista de los dioses es soportable a los humanos. El problema es que nuestro mujeriego todavía está casado con Hera y que ella ve con muy malos ojos la nueva relación que se forja entre Sémele y su marido. Hera no va a permitirlo. Toma la apariencia de la niñera de Sémele, una anciana a la que Sémele adora y en la que confía, y la visita. Sémele ya está embarazada y a punto de dar a luz. Este hombre, que dice ser Zeus, le dice la vieja niñera, ¿estás segura de que no es un impostor? ¿Quién te demuestra que es Zeus? Pídele pruebas. Si Zeus es realmente tu amante, qué se muestre desnudo ante ti, en toda su majestad, como se aparece a los otros dioses. Estas palabras no dejan indiferente a Sémele. Empieza a dudar. ¿Este hombre, su amante, es realmente Zeus? Cuando este último acude a visitarla, ella le ruega que se muestre como realmente es. Zeus se niega, sabe demasiado bien cuáles serían las consecuencias. Sémele insiste, Zeus se resiste. Ya que no quieres, lo amenaza Sémele, no te dejaré acostarte conmigo. Zeus, loco de deseo, capitula.  Y bajo la mirada asombrada de su amante, recupera su apariencia. A los ojos de los mortales, Zeus es un trueno y un relámpago, no sólo incendia el palacio, sino también a la pobre Sémele que, sin embargo, tiene tiempo suficiente para dar a luz antes de que las llamas la consuman. Milagrosamente, el fuego perdona a su hijo. Es un niño, Zeus lo recoge, se llamará Dionisio. Zeus sólo puede pues unirse a las mortales recurriendo a increíbles estratagemas. A veces águila, a veces cisne o lluvia de oro, varía sus placeres y multiplica las transformaciones del amor. Cuando ve a una hermosa joven que juega en la playa, Zeus se inflama de nuevo. Es una princesa, hija de un rey de la costa asiática. ¿Cómo acercarse a ella? Lleva a su rebaño a pastar. Zeus entonces toma la apariencia de un toro, un toro deslumbrante del color de la nieve, cuyos músculos del cuello sobresalen y cuyos cuernos son más diáfanos que un diamante puro. Es tan atractivo que la bella se acerca para acariciarlo. El toro, dócil, pone su hocico caliente en su pecho, luego se tiende a sus pies. Entonces la princesa se envalentona. A pesar de las protestas de sus criadas, se sube a las ancas del animal que inmediatamente se levanta y se lanza hacia la orilla, galopa a toda velocidad sobre el mar y arrastra a la desafortunada hasta Creta. Una vez allí, Zeus retoma su forma humana y pasa a la acción. Esta princesa, que vino de Asia y ahora vivirá aquí en Creta, se llama Europa. Para agradecer al animal que le permitió secuestrar a la princesa, Zeus lo coloca en medio de las estrellas. Si miramos al cielo, no muy lejos, allí está la osa mayor, su verdadero nombre es Calisto, en griego Callistos significa la más hermosa. No es de extrañar que Zeus se apasionara por esta ninfa, sólo que ella es una de las servidoras de la diosa Artemisa. Artemisa es la diosa de la caza, pero también la diosa de la virginidad. Calisto, por lo tanto, hizo voto de castidad. Ningún hombre es tolerado junto a ella o sus camaradas, las vírgenes cazadoras. El último que rompió estas reglas, un cazador llamado Acteón, sufrió un castigo horrible. Artemisa lo convirtió en un ciervo e hizo que sus propios perros lo devorasen. Zeus es muy consciente del peligro; se pregunta cómo se las arreglará. ¿De quién Calisto no desconfiaría nunca? De la diosa a la que sirve, por supuesto, la propia Artemisa. Zeus toma la forma de la diosa y se presenta a la elegida de su corazón.  En él, o más bien en ella, Calisto ve sólo a su ama, que le pone ojos tiernos y la cubre de voluptuosas caricias.  Calisto se estremece y se abandona. Pasan los meses, Calisto, aturdida, ve crecer su vientre. ¿Cómo es posible? ¡Embarazada de una mujer! Calisto se da cuenta pronto de que Zeus la ha engañado. Pero si por desgracia Artemisa se da cuenta, se acabó. Aterrada, intenta por todos los medios ocultar su embarazo, se esconde, lleva ropa cada vez más holgada hasta el día en que bañándose en un río, Artemisa, la verdadera, descubre la verdad. Calisto ha fracasado. Tanto si sucumbió por culpa de un dios o de un mortal, debe ser castigada. Ante la furia de Artemisa y para proteger al niño que lleva Calisto, Zeus transforma inmediatamente a la joven en un oso y la esconde en las montañas, pero no ha contado con el talento de Artemisa, después de todo ¿no es la diosa de la caza? ¿No son sus atributos el arco y la aljaba? Le bastan solo unas horas para encontrar a Calisto y sin pensarlo dos veces matarla de un flechazo en el corazón. Calisto se muere. Entonces Hermes, el fiel Hermes, el mensajero de los dioses, enviado por Zeus, se apresura a salvar al niño que Calisto llevaba en el vientre. Es un niño, Arcas, y será rey de la Arcadia. ¿Y la pobre Calisto? Zeus no la olvida. Recoge su cuerpo y lo pone en el cielo, será la osa mayor. Las conquistas de Zeus son incontables; en las diosas, Zeus buscó las virtudes que le faltaban; pero también buscó la belleza, sólo por el puro placer, dondequiera que estuviese, entre diosas o mortales. Puede que Zeus sea el amo del Olimpo, pero, cuando el amor interviene, no consigue mejor que nosotros, los mortales, vencer sus deseos. Este rey de los dioses es humano, demasiado humano. 






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