Pensamientos

5 de noviembre de 2018, el hombre que echaba de comer a las palomas.

miércoles 07 noviembre 2018

También se sienta ante los surtidores de la fuente muchas tardes un hombre ya de mediana edad que viste un chaquetón azul y suele echar de comer a las palomas. Tiene en la mejilla una especie de grueso grano abultado y el color  rojizo de su cara me ha hecho sospechar que tal vez beba en exceso. Cuando hace buen tiempo y no llueve casi siempre se juntan en torno a la fuente al atardecer las palomas y algunas gaviotas. Las palomas se pasean entre los transeúntes, raramente escapan o corren, solo lo hacen si se acerca algún perro o algún niño que, no sé por qué, las más de las veces les tira piedras, las persigue y espanta, y picotean en el suelo lo que por suerte consiguen hallar. En cambio las gaviotas raramente bajan al suelo, por lo general se encaraman a la pileta de los surtidores y se las ve beber y a veces ducharse bajo los chorros. La vida animal. Tienen su propia vida, sus preferencias y necesidades, y como todo el mundo, nosotros y ellos, se ocupan de sobrevivir, mantenerse vivas por el mayor tiempo posible hasta que les llegue la incierta hora. A menudo me he preguntado cómo ven la vida estos animales, qué piensan, qué los preocupa, qué temen y buscan, cómo nos ven a los humanos y a los demás. Si como yo son conscientes de la nada que les espera y de que un buen día el universo seguirá adelante sin ellos, indiferente, como si ellos no hubieran nunca existido. Vuelvo al hombre de más arriba. Se sienta solo y muy a menudo echa de comer a las palomas. Las palomas deben de reconocerlo, porque en cuanto lo ven se le acercan, bajan volando hasta él y se agrupan a sus pies. El espectáculo me fascina. Ayer mismo, el hombre abrió un envoltorio que llevaba en las manos y empezó a distribuir lo que fuera. Las palomas se amontonaron y se pusieron a picar absortas en lo que hacían, rozándose, indiferentes a las demás, lo que es raro, pues cuando están solas se vuelven y amenazan a las que se les acercan demasiado. Las palomas picoteaban lo que él les echaba y algunas más atrevidas le saltaban a las rodillas, al regazo, a las manos y brazos, hasta alguna trataba de aferrarse a sus solapas. Como digo, el espectáculo me fascina. La familiaridad, la falta de miedo, me gusta ver a aquel hombre rodeado de palomas y a ellas que se le acercan sin ningún temor. Al fin la situación terminó. Las palomas se fueron y el hombre se levantó. Cuando pasaba frente a mí le pregunté: ¿qué da usted de comer a las palomas? Oh, me respondió, los bizcochos que me ofrecen con el café en aquel bar al otro lado de la calle. El otro día, siguió diciéndome, estaba yo sentado en uno de los bancos de la avenida y como de costumbre echaba de comer a las palomas cuando una mujer que pasaba a mi lado me amenazó, lo voy a denunciar, me dijo, porque lo que usted hace no está permitido. Mire usted, aquí se prohíbe dar de comer a las palomas, al contrario que en Europa, en Inglaterra, Alemania, Suiza, yo he estado por ahí en muchas partes y las cosas son muy diferentes, allí nadie se opone a estas cosas, al contrario que aquí. MI hijo, que vive en Manchester y va a venir pronto de vacaciones, me lo cuenta, como allí la gente da de comer a los animales y no pasa nada, al contrario, está incluso bien visto; pero aquí… Y sin añadir nada más, se despidió y se fue, Me gusta contemplar a las palomas.







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