Pensamientos

6 de agosto de 2019, Prometeo, el rebelde.

martes 13 agosto 2019

¿Qué es esta silueta que se introduce en el Olimpo, morada de los dioses? ¿Un intruso? ¿Aquí? Imposible. ¿Cómo se ha atrevido a entrar? ¿Por qué razón, este misterioso ser ha robado a los dioses el fuego sagrado? ¿No sabe acaso que lo espera un castigo terrible? Todo ha comenzado hace ya mucho tiempo. Acordaos. Al principio era el caos. Apareció entonces Gea, la madre tierra. Gea dio a luz a Urano, el cielo, se unió a él y de su abrazo nacieron los Titanes, los Cíclopes y los Hecatonquiros. Uno de los titanes se llamaba Jápeto. Jápeto se ha dado una esposa, Clímene. Juntos han tenido cuatro hijos, Atlas, Menecio, Epimeteo y el personaje principal de esta historia, Prometeo. A diferencia de su hermano, Epimeteo, cuyo nombre significa ‘el que reflexiona tarde’, Prometeo es el previsor, aquel que ve venir los sucesos antes de que ocurran. Esta rara cualidad le va a ser muy útil. Cuando Zeus combate a su padre Cronos para arrebatarle el poder, todos los Titanes se alían contra él. ¿Todos? No, falta uno, es Prometeo. ¿Acaso su nombre no significa aquel que piensa antes de actuar? Prometeo ha previsto que Zeus será el vencedor. Entonces, con la mayor naturalidad, ofrece sus servicios al futuro rey del Olimpo y persuade a su hermano Epimeteo para que haga lo mismo. En el enfrentamiento que  se anuncia, Prometeo aporta a Zeus lo que le falta, la fuerza, la astucia y el engaño, propias de la generación de los Titanes. La terrible guerra comienza, la Titanomaquia. Tal como Prometeo había previsto, gana Zeus y el mundo entra en un periodo de paz. Ya no hay combates, proezas o actos brillantes. A partir de ahora los días suceden a los días y se parecen unos a los otros. Y en esta paz demasiado perfecta, los dioses se aburren. No más guerras, nadie a quien hacer feliz o desgraciado. Nadie. Entonces Zeus, cansado, se vuelve a su hijo Hefesto, el dios de los herreros, el que fabrica las armas y los atributos de los dioses olímpicos, y le pide que fabrique otra cosa que esos objetos inútiles, algo excepcional y único, algo que distraiga a los dioses. Hefesto piensa. Excepcional, único, fácil de decir; pero ¿qué? Hefesto piensa y piensa y se le ocurre una idea. Reúne en su taller a los doce dioses principales del Olimpo y les dice lo que espera de ellos, mezclar la tierra y el fuego así como todas las demás substancias que se pueda combinar. Con esos elementos primordiales, fabricarán seres vivos, unos tendrán  aletas natatorias, otros, patas, todavía otros, caparazones, se los llamará animales. Mientras que otros serán copia fiel de los dioses, se los llamará hombres. Y no habrá más que un sexo, el masculino. He ahí lo que aliviará el aburrimiento de los dioses. Todo está a punto, sólo falta decidir qué cualidades tendrán hombres y animales. Zeus encarga la tarea a los dos Titanes, Prometeo y Epimeteo. Epimeteo está entusiasmado y pide a su hermano, Prometeo, que lo deje a él hacer el reparto. Prometeo, conocido sin embargo por su prudencia, tiene la debilidad de aceptar. Epimeteo se pone manos a la obra. Da a unos la fuerza, a otros, la rapidez, a otros, los cascos para correr, a algunos de ellos un pelaje espeso para protegerlos del frío y de la lluvia, a otros, en fin, un pellejo grueso. Una vez terminado el trabajo, se endereza y se frota las manos. Pero ¿Y los hombres? Llevado de la prisa, Epimeteo se ha olvidado de ellos. Helos ahí, ante él, desnudos, vulnerables, desprovistos de todo. Lo peor es que habiendo despilfarrado los dones que Zeus había puesto a su disposición, Epimeteo no dispone de ningún recurso con el que reparar su aturdimiento. Prometeo decide entonces ir a ver a Zeus y pedirle un favor, que se dé a los hombres los medios de protegerse de los animales salvajes y, por qué no, los de cocer sus alimentos, en resumen, que se les ofrezca el fuego. Zeus acepta, golpea el suelo con su rayo y el fuego inflama la copa de los árboles, los humanos solo tienen que recogerlo. Fue la edad de oro. Los hombres viven en paz, son incluso felices, porque el trabajo no existe ni las estaciones ni las enfermedades. El trigo crece espontáneamente sin necesidad de sembrarlo. Hombres y dioses se reúnen regularmente en festines suntuosos. La existencia transcurre sin la menor inquietud. Bien podría ser el paraíso. Una cosa sola separa a los hombres y los dioses, es la inmortalidad, y aun así sólo en cierta  medida, porque los hombres no mueren exactamente; cuando les llega la hora, se duermen en paz simplemente sin fatiga ni sufrimiento. El dios del sueño, Hipnos, los toma con él y los lleva a un valle subterráneo verdeante, a un lugar que se llama los Campos Elíseos. Pero un día Zeus se cansa de compartir su vida con los humanos en un mismo pie de igualdad, se sentarse a la mesa cpn ellos, de verlos participar en las mismas asambleas. Es hora –se dice- de atribuir a los hombres un lugar bien definido en el universo; ha llegado la hora de poner un poco de orden en este desbarajuste, Zeus por encima de todos, los dioses un poco más abajo y debajo de todo los hombres. Zeus organiza entonces un gran banquete en una extensa planicie en la que ha reunido a hombres y dioses. Ordena sacrificar un buey, dividirlo en dos y dar la mejor parte a los dioses, evidentemente, y la otra a los hombres. De esta expresión, la parte mejor, va a depender la suerte de la Humanidad. Todos los dioses aprueban la decisión de Zeus, excepto Prometeo, que no está de acuerdo con esta nueva regla. Él teme sobre todo que se retire a los hombres todos los beneficios que hasta el momento se les ha hecho. Zeus le encarga llevar a cabo el sacrificio y el reparto.  Prometeo se apresura a aceptar porque acaba de tomar una decisión, va a jugársela a Zeus.  Prometeo sacrifica al animal y lo despelleja, luego recoge los huesos, solamente los huesos, y los recubre de una apetitosa capa de grasa. El conjunto toma un aspecto atrayente. He aquí la primera parte, es incomible, pero parece la mejor.  A continuación Prometeo recoge toda la carne, todo lo bueno y comestible y lo disimula bajo un montón de huesos y piel viscosa, esta segunda parte parece repugnante. Prometeo ofrece la dos partes a Zeus. De lo que él escoja, va a depender la separación entre hombres y dioses. Como era de esperar, Zeus elige la parte que le parece más atractiva, la que Prometeo ha recubierto de grasa apetitosa, pero cuando descubre que no contiene más que los huesos incomestibles se enfurece. Puesto que esas tenemos, serán los hombres, esos desgraciados a los que Prometeo protege, los que van a pagar el engaño. Zeus decide primero quitarles el trigo, ese trigo que hasta el momento crecía libremente sin que hubiese que plantarlo ni cultivarlo. A partir de ahora los humanos se verán obligados a trabajar para alimentarse y sobrevivir. Luego, el señor del Olimpo les confisca el fuego. (Continuará) 






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