Pensamientos

7 de enero de 2020, romance de la infanticida

martes 07 enero 2020

 

La Infanticida.—II

 

A un padre contaba el hijo—lo que en la casa pasaba:
—Escucha, padre querido, —escucha, padre del alma,
guarda que los dos se burlan—y se lo toman a guasa,
pues que el vecino y mi madre—comparten sofá y almohada;

ella te pone los cuernos, — traidora y desvergonzada,

sin sentir remordimientos—ni arrepentirse de nada.

Por tener la fiesta en paz, — no quiere él saber nada
y esconde cual avestruz —la cabeza bajo el ala.

El padre no hacía caso—de lo que el niño contaba;
ha de salir de viaje—pues es tiempo de rebajas,
hay una oferta de seda—que pasó de temporada.
Mientras el padre está ausente—al niño ella degollaba,
con un cuchillo de acero—templado en aceite y agua,

más duro que el pedernal — y afilado cual navaja,
y le sacaba la lengua—y a los perros se la echaba;
los perros se compadecen, —y del suelo no la alzan.
De las entrañas del niño—prepara una cazuelada,
para ofrecérsela al padre—tan pronto el tal regresara.
Al otro día temprano—el padre a la puerta llama,
lo primero que pregunta—es por el hijo del alma.

—Siéntate, Francisco, y come,  —que el niño en la calle anda
y como es tan pequeño, —en los recados se tarda.
Echando la bendición,  —la carne en el plato habla:
—Detente, padre, detente—porque más lejos no vayas

y tengas que arrepentirte —más tarde de lo que hagas,

a punto estás de comerte — al hijo de tus entrañas;
a la madre que me has dado—¿qué esperas, que no la matas?

Merece que la degüelles — o que pedazos la hagas

por traidora y mal nacida, — falsa, cruel y desalmada,
con un cuchillo de acero—o de dos filos un hacha.
Oyendo la madre esto—se ha encerrado en una sala,
y llama al demonio a voces—que se la lleve en volandas,

a donde nadie la encuentre, —a donde nadie la alcanza.
Tras de la puerta el demonio —pronto y listo la acechaba:
¿Qué quieres, mujer de bien, —que tan aprisa me llamas?
—Que me agarres de los pelos—y me arrastres por la sala
y me lleves al infierno, —o donde mejor le cuadra.
Sin demorarse un instante, — él de los pelos la agarra,

la lleva de un lado a otro, — la zarandea y la arrastra.
Cuando acudió la justicia—a poner orden y calma

halló el cuerpo hecho unos zorros—mas desprovisto de alma,

que en los profundos infiernos— a penar ya comenzaba.

Tal es la suerte que espera—a quien del cesto se salga

porque atenerse no quiera—a vida justa y reglada

y prefiere en cambio hacer—su real y santa gana,

lo que le sale de ahí, —lo que le peta y le cuadra,

sin de Moisés tener cuenta—los Mandamientos en Tablas,

que cual si nunca existieran—por el sobaco se pasa.
 






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