Pensamientos

7 de julio de 2018, el Papa Bonifacio VIII.

lunes 09 julio 2018

Soy muy aficionado a las biografías de personajes históricos que escribió el periodista italiano Indro Montanelli. Uno de ellos es el Papa Bonifacio VIII. Montanelli cuenta de él lo siguiente: El siglo XIV empezó con una gran fiesta: el Jubileo de Roma. En el calendario de la Iglesia no existía, antes nunca se lo había celebrado. Lo inventó el Papa que a la sazón se sentaba en el trono pontificio: Bonifacio VIII. El momento era favorable a una prueba de fuerza, digamos, de organización y espectáculo. Aunque atravesando crisis momentáneas y eclipses, la Iglesia había salido bien parada de las duras pruebas de las últimas décadas. El gran peligro de verse subordinada al poder secular había desaparecido con Federico II, el "último puntal del imperio", como Dante lo llamó con algo de pesar. Desde Inocencio III que se había puesto la tiara en 1198 a Gregorio X muerto en 1276, se habían sucedido varios pontífices fuertes y resueltos que habían dado al papado fuerza y prestigio. Bonifacio parecía el hombre más adecuado para recoger el fruto. Era romano. Procedía de la orgullosa y dominante dinastía de los condes Caetani. Y se vio su pasta en su modo de conseguir la tiara. Muerto Nicolás IV, pasaron dos años y medio sin que los cardenales se pusiesen de acuerdo sobre el sucesor. Y como suele suceder en estos casos, habían llegado a un compromiso acordando elegir a una figura insignificante que no estorbara a nadie: un pobre frailecillo del Abruzzo, Pedro de Morrone, que había vivido siempre como anacoreta en una ermita cercana a Sulmona. Cuando supo lo que se le venía encima, Pedro trató de ponerse a salvo huyendo. Pero lo cogieron, lo llevaron a la fuerza a Nápoles y lo coronaron con el nombre de Celestino V. En medio de las intrigas de la curia, el santo hombre se sintió perdido. Por la noche oía una voz que le decía: "yo soy un ángel enviado para hablarte y te ordeno de parte de Dios misericordioso que renuncies al papado inmediatamente y vuelvas a ser fraile." No era la voz de un ángel, sino la del cardenal Caetani que había puesto en la pared una especie de altavoz rudimentario. El pobre Celestino no pedía nada mejor que "volver a ser fraile". Pero no sabía nada de derecho canónico y por ello cómo arreglárselas para hacer esa renuncia sin precedentes en la historia de la iglesia. (Continuará)






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