Pensamientos

8 de agosto de 2019, Hades, rey a su pesar.

lunes 26 agosto 2019

 Es un río que mete miedo, que huele a muerte, corre hacia el abismo, sus aguas son negras, nunca el sol lo ilumina con sus rayos. La Estigia, así se llama este río maldito, cruza magmas de rocas y metales fundidos. Poco a poco converge en el centro del inframundo, hacia una gran ciénaga. En su orilla, una multitud indistinta, sombras, aquellos que unos minutos antes todavía estaban vivos. Y de pronto, al amanecer, aparece un barco ruinoso. De pie, un hombre mira las ondas. Es un anciano, es feo, barbudo, cubierto de harapos, ¿su nombre? Caronte. ¿Su función? Permitir que las sombras crucen la Estigia para llegar al reino de los muertos. Pero Caronte les exige entregar un óbolo por el pasaje. Los familiares del difunto, que conocen el requisito, enterraron a sus muertos con una moneda bajo la lengua, para pagar la tarifa. Aquellos que no pueden pagar, están condenados a esperar para siempre en la orilla. Caronte invita a un grupo a avanzar, comprueba que tienen la moneda, instala las sombras en su barco y les ordena remar, el lleva el timón. El barco corta lentamente las aguas pantanosas, ruidos lúgubres atraviesan la oscuridad, se oye entrechocar las cadenas. quejas y llantos, se adivina a lo lejos las llanuras siniestras donde las almas de los héroes vagan sin rumbo entre la multitud de los muertos, su único placer está en la libación de la sangre que les ofrecen los vivos, cuando beben casi se sienten hombres de nuevo. El barco acaba de atracar. Caronte abandona a sus pasajeros a su suerte y se va. De repente, ante las sombras aparece una criatura, un perro, un perro de tres cabezas, enorme, sus ojos son brasas, su piel parece un ejército de lanzas, Cerbero, el terrible Cerbero vigila la puerta del infierno. Ladra y llena de inútil terror a los muertos. Cerbero es traicionero, halaga a los que se le acercan, los atrae moviendo la cola y orejas, pero una vez que han pasado el umbral del palacio de su amo, ya no les permite salir y devora a cualquiera que intente escapar. En este mundo del que no se puede salir reina el señor de la muerte, Hades. Hades, hijo de Rea y de Cronos y hermano de Zeus, Hades, el dios que no se nombra. El miedo que despierta es tan grande que uno prefiere no pronunciar su nombre y evocarlo sólo a través de apodos, el hospitalario, el renombrado, el buen asesor o incluso el Zeus subterráneo. Hades no deseaba este reino de los muertos ni por asomos, se lo dio Zeus tras tomar el poder y decidir compartir el universo con sus hermanos. Zeus, a tal señor tal honor, tomó para sí el mundo de los hombres y el celestial, Poseidón recibió el mundo del mar, y a él, Hades, se le confió el inframundo. Incluso los dioses aborrecen esta morada. Como cualquier rey que se respete a sí mismo, Hades tiene en su mano un cetro, con el que gobierna despiadadamente las almas de los difuntos, aquí en las entrañas del infierno, rodeado de deidades que hacen muecas, criados y mensajeros. Hades dicta la ley a las sombras, leyes tan simples como implacables. Una vez juzgadas, las sombras se dirigen a uno de los tres caminos que serpentean a través del subsuelo, el primero lleva a los campos de asfodelos, donde reside la gran mayoría de las almas imperfectas, ni buenas ni malas, pálido reflejo de los vivos; el segundo baja al Tártaro, el lugar más profundo del abismo subterráneo, donde están los peores criminales, los Titanes, los Gigantes y los Hecatonquiros, todos esos, mortales o dioses, que se atrevieron a desafiar a Zeus; y finalmente, una pequeña minoría toma el tercer camino, el que conduce a los campos Elíseos, una especie de paraíso en el que la primavera es eterna y no hay dolor ni vejez. Los vientos soplan cargados de aroma de flores, las arboledas forman bóvedas embalsamadas que dan sombra a los muertos solitarios. Pero incluso aquí, los muertos siguen añorando la vida. Hades es un dios rico, nada en piedras preciosas y metales raros, oro, diamantes, rubíes, pero no es dueño de nada en la superficie de la tierra; allá arriba, los mortales no le levantan templos, no le dedican altares y, el culto que a veces se le rinde se celebra por la noche, son ceremonias sin alegría, siniestras, en las que se sacrifica parejas de animales siempre de color negro y con la cabeza mirando al suelo. Hades está solo, nadie soportaría vivir donde vive él, en medio de los rumores que llenan esta siniestra penumbra; nadie, en todo caso por propia voluntad. Y luego Hades no sabe nada de lo que sucede en el mundo de arriba ni en el Olimpo, adónde no va casi nunca, las únicas noticias que le llegan son las de los mortales que lo invocan con juramentos y maldiciones golpeando el suelo con las manos. Hades reina por tanto en solitario, pero a veces siente la necesidad de dejar su palacio infernal para encargarse en persona de algún asunto o simplemente respirar el aire allá arriba. Un buen día, cuando acaba de abandonar las profundidades de su reino, Hades, que conduce un carro tirado por caballos magníficos del color de la noche, va por una planicie de Sicilia, no lejos de Ena. Ena, en el centro de Sicilia, estaba en la cumbre de un gran cerro y era un altiplano de unos 5 km de perímetro. Más tarde hubo allí una cueva sagrada dedicada a Perséfone. El brillo del sol, el cielo sin una nube, la belleza del paisaje no conmueven al dios; cabalga y cabalga, atraviesa las llanuras, los bosques y valles. De pronto, una figura le llama la atención. Detiene de golpe sus caballos; allí, a pocos pasos, una joven de rara belleza coge flores; se llama Perséfone, nombre que significa ‘la que trae la muerte’. Esta joven no es una cualquiera: es la mismísima hija de Zeus y de Deméter, la diosa de la agricultura y las cosechas. En el Olimpo, donde tiene el derecho de ir de vez en cuando, la llaman también Core, que quiere decir simplemente, «la joven», la virgen. Es un flechazo; el corazón de Hades late desenfrenado. Podría raptar a la joven y llevarla a su reino, pero no es cosa que se haga. Después de todo, se trata de la hija de su hermano. Aunque es el príncipe de las tinieblas, sigue teniendo espíritu de familia y respeta las leyes. Se dirige entonces al Olimpo a ver a Zeus. Una vez ante su hermano soberano, le pide la mano de Perséfone. La petición pone al rey de reyes en un embarazoso compromiso; si se niega, ofende a su hermano; si le concede lo que le pide, Deméter nunca se lo perdonará. Zeus reflexiona. No sabe qué hacer, se siente confuso, no acaba de decidirse. Entonces sale del apuro mediante una treta, no puedo –dice a su hermano- ni negarme ni acceder a lo que me pides. Valiéndose de esta respuesta, que no lo es, Hades se cree libre de hacer lo que le parezca, monta en su carro y se dirige a Sicilia, a la altiplanicie de Ena. Perséfone sigue allí, en compañía de sus ninfas servidoras. Entonces Hades se pone el casco que vuelve invisible a quien lo lleva y desaparece. Unos instantes más tarde, cuando Perséfone se inclina para coger una flor, la tierra se abre bruscamente bajo sus pies. Tirado por los negros caballos color de la noche, el carro del rey de las sombras sale de la brecha. Sin soltar las bridas, Hades agarra a Perséfone por la cintura, la levanta y la lleva a las profundidades  donde moran los muertos y es siempre de noche. Como castigo por no haberlo impedido, Zeus castigó a las ninfas que la acompañaban transformándolas en sirenas .  Viendo que su hija no regresa a casa, devorada por la inquietud, la diosa Deméter sale a buscarla. Pregunta a todos los que encuentra, pero nadie se atreve a decirle la verdad; ni los hombres ni los dioses, ni las ninfas, ni los pájaros: nadie. Hasta que la aborda una anciana. Es la diosa Hécate. El poder de Hécate es doble, es al mismo tiempo diosa de la fertilidad y de la luna. Cuando allá en el cielo brilla la luna llena que enloquece a hombres y bestias, entonces, se dice, Hécate indica el camino que lleva a los infiernos. Esta diosa está en la encrucijada del bien y del mal, la fertilidad y la sequía, a veces es la benefactora de la humanidad, a veces el heraldo de una muerte inminente. Hécate es la única de las deidades que a veces baja a ver a Hades en su morada sin que nadie la obligue. Y en este momento Hécate se acerca a Deméter. (Continuará).  






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