Pensamientos

8 de julio de 2018, el Papa Bonifacio VIII (sigue).

martes 10 julio 2018

 Para ayudarlo a encontrar la manera de poner en práctica el "gran rechazo", como lo llamó Dante, estaba el Caetani, que al contrario que Pedto era maestro en derecho canónico y conocía las leyes mucho mejor que el Evangelio. Así, seis meses después de recibir la tiara, Celestino la devolvió y fue de nuevo Fray Pietro de Morrone, sin haber puesto un pie en Roma. Al cabo de once días el Caetani lo sucedió con el nombre de Bonifacio VIII y lo primero que hizo fue mandar arrestar a Fray Pedro, que mientras tanto había regresado a su ermita. El desventurado  trató de huir al otro lado del Adriático, pero lo apresaron y encerraron en un castillo donde murió poco después a causa del disgusto y las privaciones. Bonifacio no sintió el menor remordimiento. No tenía una conciencia que le hiciese reproches. Y, en cuanto a una justicia divina a la que dar cuenta de sus actos, resuelta y abiertamente negaba que existiese. El infierno y el cielo, decía, ya están en este mundo. El primero es la vejez, la enfermedad y la impotencia; El segundo la juventud, la salud, las mujeres y los bellos muchachos; porque le iban los dos sexos, la carne y el pescado sin hacer distinciones. Una vez, enfurecido gritó a un capellán que imploraba la ayuda de Jesús: "¡necio, necio! Jesús era un hombre como nosotros. Si no pudo hacer nada por sí mismo, ¿qué quieres que haga por los demás?" Era un Papa renacentista antes de tiempo, un Borgia adelantado a su época, cínico y gallardo, déspota, teatral y terrestre. A la hora de cometer pecados, no se cortaba, los cometía todos sin faltar ni uno. Era glotón: un día de ayuno pegó al cocinero porque le había servido sólo seis platos. Amaba la riqueza: cuajaba de joyas sus vestiduras y adornaba su mesa con quince arbolitos de oro. Era supersticioso y creía en los hechizos: envolvía en piel de serpiente el mango de sus cuchillos, llevaba en el bolsillo una moneda de oro egipcia, y en el dedo un anillo que había arrancado al cadáver del rey Manfredo: todo para protegerse contra el mal de ojo. Era un jugador desenfrenado: se había mandado hacer unos dados de oro, pero ay de quien se atreviese a ganarle, no toleraba que nadie lo venciese. Estaba sediento de poder. El día en que lo eligieron, se puso la tiara y preguntó a los presentes si creían que él fuese el representante de Dios en la tierra. Le dijeron que sí. Se puso entonces en la cabeza una corona, empuñó una espada y les preguntó si creían que fuese emperador. Dado el personaje, nadie se atrevió a negarlo. De ahí en adelante toda su política se basó en ese gesto. (Continuará)






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