Pensamientos

9 de julio de 2018, el Papa Bonifacio VIII (sigue).

miércoles 11 julio 2018

 Este Papa increyente y blasfemo encarnaba la majestad de la Iglesia y no admitía que nadie pusiera en duda su primacía en la tierra. Según él, la Iglesia era señora y dueña no sólo de las almas, sino también de todo lo demás. Igualmente eran suyos los tronos: los reyes eran sólo sus inquilinos temporales. Dado este modo de pensar, es fácil imaginarse su actitud frente a los disidentes en los Estados Pontificios. Excomulgó a los Colonna, que intentaron oponérsele, y los obligó a huir. Les confiscó las tierras, arrasó su castillo y sembró de sal las ruinas para purificarlas. Cuando el emperador Alberto de Austria le envió como embajador a un simple y modesto fraile, Bonifacio le dio una patada en la boca y lo hizo sangrar por la nariz a chorro. Pero, como es natural, no todos aceptaban voluntariamente tales abusos y prepotencia, y el rey Felipe el Hermoso de Francia, por ejemplo, le respondió en el mismo tono prohibiendo al clero de sus Estados enviar a Roma los diezmos. Fue un duro golpe a las finanzas de la Iglesia porque Francia era su fuente de ingresos principal. Pero también el prestigio del papado se vio herido. Entonces Bonifacio convocó el Jubileo, un poco para sobreponerse al golpe político, otro poco para llenar las arcas vacías. Y la iniciativa no pudo ser más afín al carácter del hombre y su vocación de gran director teatral. El lanzamiento publicitario fue perfecto. Durante meses, desde todos los púlpitos de Europa, los curas y monjes predicaron la peregrinación y sus beneficios: la salvación eterna y los goces del turismo. Acudieron al reclamo cientos de miles de personas, unos a pie, otros en carros, algunos a caballo. La mayor parte, dada la distancia y los riesgos del viaje, habían hecho antes su testamento. Y muchos murieron en el camino, pero seguros de haber ganado la vida eterna. Durante todo el año entraron a diario en la Urbe treinta mil peregrinos. Iban en fila india a postrarse ante las tumbas de los Apóstoles, recibían la indulgencia plenaria y depositaban su óbolo. Dos diáconos lo recogían con palas. Cada día ingresaban en promedio mil libras: cifra colosal para aquel tiempo. Se ignora donde dormían y se alojaban los huéspedes. Pero los romanos hicieron buenos negocios. Roma volvió a ser “la capital del mundo” y a disfrutar de la afluencia de multitudes multilingües y multicolores, la abundancia y la juerga. (Continuará)

 






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