Pensamientos

El lupanar de Afrodita, sigue.

martes 25 septiembre 2018

      Ulrich no acababa de entender que pudieran darse dos categorías de mujeres, la de las hembras parideras, que oficialmente casadas concebían hijos, y las que no queriendo ser madres se dedicaban a ganar dinero con el aparato y a darse gusto con él.

Aunque rica y popular y envidia de muchas otras mujeres, la prostituta Giuseppina no era feliz. Si bien ganaba dinero a manos llenas y era afamada entre la clientela que se desvivía por joder con ella, no amaba a sus amantes del momento. Al contrario, los odiaba y detestaba; les contagiaba la enfermedad terrible e incurable.

Se aplaudía a Giuseppina, se la tenía por mujer independiente y despierta, se aprobaba como justa y necesaria su actividad de puta; sin embargo ni ella era mujer sana y feliz, ni aquel o aquella que se había acostado con ella había hallado amor.

Ulrich se sentía perplejo y desconcertado. Aquel hombre o mujer que por acaso compraba los favores sexuales de una moza del partido, por fuerza tenía que sentirse humillado y degradado. Las mujeres que se dedicaban a la prostitución eran desequilibradas psíquicas y en la niñez habían vivido degradadas e infelices, pues nadie se dejaría utilizar de buena gana como un objeto, nadie se vendería de buen grado, si no lo respaldara un historial de malos tratos y de humillaciones.

Sin duda tales mujeres odiaban a su clientela. Y quienes estaban a favor de que se usase una función fisiológica normal para fines que no eran los suyos naturales, se equivocaban apoyando el extravío.

Para la gente de aquel fin de siglo, la prostitución era una cosa corriente que no preocupaba a nadie ni lo sorprendía.

Según la tradición, las prostitutas griegas grababan en la suela de sus zapatos una palabra: "Sígueme"; que cuando caminaban se grababa en el suelo y guiaba a los clientes.

Rindiendo culto a la natural fertilidad, en jardines y plazas de la India se levantaba lingam, el miembro viril, monolíticos. Se veneraba el falo en muchas partes. Pero no se interrumpía el acto procreador dejándolo en su prólogo; no se lo reducía al puro placer.

De la evolución de otras especies animales, había surgido el ser humano; el ser humano era un animal, uno más de los seres vivos, las plantas incluidas, ninguno de los cuales se prostituía. Ningún gato, perro o paquidermo, ninguna mosca, lagarto o lagartija, jodía solo para darse gusto. Ningún árbol arrojaba al viento sus semillas con el fin anti natura de sólo contentarse. Una y otra vez, a lo largo de años y milenios incontables, los seres vivos habían empleado el aparato reproductor solamente para reproducirse.

Pero las gentes de aquel fin de siglo se apartaban de la naturaleza.

Lo justificaban diciendo que ellos tenían voluntad. Los animales no la tienen; solo tienen instinto. A los animales les es Imposible hacer nada que vaya contra el instinto. En cambio el hombre puede contrariarlo libremente. (Terminará)






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